Lealtad republicana versus obediencia monárquica

La noticia del funcionario del SEPE de Mérida expedientado por atender a ciudadanos sin cita previa ilumina la naturaleza profunda de esta monarquía de partidos. Según las informaciones publicadas, Juan Carlos Nieto se enfrenta a un procedimiento disciplinario por haber atendido a personas que acudían a la oficina sin cita previa cuando ya había concluido la atención de los ciudadanos programados o existían huecos disponibles en la agenda. El propio funcionario sostiene que ninguna persona con cita dejó de ser atendida y que su actuación respondía únicamente al propósito de servir a ciudadanos que no eran capaces de obtener una cita telefónica o telemáticamente.

Para llegar a comprender este sinsentido es necesario partir de la distinción entre la obediencia y la lealtad. La obediencia pertenece al mundo de las relaciones jerárquicas. La lealtad pertenece al ámbito de los principios. La lealtad se entiende en relación con las causas, la fidelidad con las personas. Un régimen político legítimo exige funcionarios obedientes a la ley, pero sobre todo leales a la finalidad de la institución que sirven.

La lealtad no consiste en agradar al superior. Tampoco en cumplir mecánicamente instrucciones. Mucho menos en proteger procedimientos vacíos. La lealtad consiste en mantenerse acorde al fin objetivo de la institución.

¿Para qué existe el SEPE? No existe para gestionar citas previas. No existe para custodiar agendas electrónicas. No existe para verificar el cumplimiento ritual de protocolos administrativos. Existe para servir a los ciudadanos en materia de empleo. Toda organización pública debe juzgarse por la finalidad para la que fue creada y no por los medios instrumentales que utiliza para alcanzarla. La cita previa es un medio. El servicio al ciudadano es el fin.

Cuando un medio administrativo se transforma en un fin autónomo, la institución degenera. La burocracia deja entonces de ser un instrumento de la sociedad para convertirse en una estructura que se sirve a sí misma. Es el fenómeno característico de los estados de partidos: la sustitución de la responsabilidad por el procedimiento y de la función por la formalidad.

La lealtad republicana no es obediencia al jefe. Es lealtad a la función. No es fidelidad personal. Es adhesión institucional. No es sumisión. Es responsabilidad.

Por ello resulta tan revelador que la polémica haya surgido precisamente en torno a la atención de personas sin cita previa. El conflicto simboliza algo mucho más profundo: la confrontación entre una administración concebida como aparato y una administración concebida como servicio.

En los Estados de partidos, donde la representación política ha desaparecido y la responsabilidad de los gobernantes se diluye en estructuras oligárquicas, la burocracia adquiere una importancia creciente. El ciudadano ya no encuentra responsables visibles. Encuentra procedimientos. No encuentra representantes. Encuentra formularios. No encuentra servidores públicos con margen de juicio. Encuentra ejecutores automáticos de instrucciones.

Por eso, el concepto de lealtad adquiere una relevancia decisiva. La libertad política colectiva exige que cada función pública conserve conciencia de su misión. Cuando esa conciencia desaparece, la Administración se convierte en una máquina indiferente al sufrimiento humano.

La lealtad republicana exige exactamente lo contrario. Exige recordar que detrás de cada expediente hay una persona. Que detrás de cada certificado hay una necesidad concreta. Que detrás de cada trámite existe un derecho ciudadano. No se trata de sustituir la ley por la arbitrariedad sentimental. Se trata de interpretar los medios administrativos conforme a la finalidad para la que fueron creados. El funcionario leal no viola la institución. La realiza. No destruye su misión. La cumple.

La primera obligación del servidor público es la lealtad al ciudadano como destinatario de la función estatal. Todo lo demás —protocolos, instrucciones, formularios y circuitos administrativos— tiene carácter instrumental. Cuando el medio devora al fin, la burocracia sustituye al servicio. Y cuando la obediencia sustituye a la lealtad, la Administración deja de servir a la sociedad para empezar a servirse a sí misma.

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