Quince años del 15M: La impostura sentimental que salvó al régimen

En mayo de 2011, las plazas españolas se llenaron de tiendas de campaña, consignas emocionales y asambleas improvisadas. La prensa internacional habló de «revolución democrática». Los partidos fingieron preocupación. Se creía estar protagonizando una ruptura histórica. Quince años después, el balance es mucho más severo: el 15M no fue una amenaza para el régimen del 78, sino su tabla de salvación moral.

Según analizó con precisión Antonio García-Trevijano, el 15M confundió indignación con pensamiento político, espontaneidad con libertad y protesta social con democracia. No atacó la estructura del poder; la legitimó mediante una renovación estética y sentimental.

Trevijano distinguía con precisión entre «proceso constituyente» y «libertad constituyente». El primero es cualquier cambio de relación de poder que no se produzca en un solo acto, que no sea un golpe. La segunda es también un proceso, pero en este los gobernados terminan eligiendo en referéndum no plebiscitario su forma de Estado y de gobierno entre las tres opciones constituyentes que se encuentran siempre en toda sociedad (reaccionaria, conservadora y novedosa). El 15M jamás comprendió esa diferencia esencial.

Los lemas de las plazas —«Democracia Real Ya», «No nos representan», «Lo llaman democracia y no lo es»— expresaban una intuición correcta: la partitocracia española nada tiene que ver con la representación política. Pero el movimiento nunca logró elevar esa intuición a una teoría del poder. Rechazaba a la clase política mientras reproducía todos sus vicios: asambleísmo confuso, sentimentalismo ideológico y ausencia absoluta de pensamiento constitucional.

Trevijano consideraba especialmente grave la frivolidad política del movimiento. Aquellas asambleas improvisadas pretendían deliberar simultáneamente sobre hipotecas, feminismo, ecología, educación, banca, vivienda, deuda pública y sistema electoral, como si una concentración callejera pudiera sustituir el problema decisivo de toda libertad política: quién tiene el poder y cómo se limita.

El 15M jamás planteó la cuestión fundamental: la separación de poderes. Nunca exigió la independencia del legislativo respecto del ejecutivo. Ni denunció la colonización de la Justicia por los partidos. Ni comprendió que sin representación uninominal y sin libertad constituyente no existe democracia, sino oligarquía consensuada.

Por eso, Trevijano afirmaba que el 15M era, en el fondo, un movimiento funcional al sistema. Mientras aparentaba rebeldía, desviaba la energía social hacia la protesta moral y alejaba cualquier posibilidad de ruptura institucional real. El régimen necesitaba precisamente eso: indignación sin dirección, protesta sin teoría y juventud sin cultura política. La prueba histórica está en lo que vino después.

Del 15M nacieron nuevos partidos integrados perfectamente en el sistema que decían combatir. La energía antisistema terminó absorbida por el statu quo proporcional, el márquetin político y la lucha por cargos públicos. Los líderes de la indignación acabaron ocupando ministerios, escaños y platós de televisión. El resultado no fue una transformación del Estado, sino una renovación generacional de la partitocracia.

El propio lenguaje del 15M revelaba esa impotencia conceptual. «Democracia real» era una expresión vacía. La democracia no puede ser «real» o «irreal»: o existe formalmente —mediante separación de poderes y representación— o no existe. Todo lo demás pertenece al terreno de la propaganda sentimental.

La gran tragedia política española sigue siendo la misma que Trevijano denunció durante décadas: la confusión entre libertad colectiva y gestión benévola del poder. El 15M pidió honestidad, participación y derechos sociales, pero evitó enfrentarse al problema central: la ausencia de libertad política en un Estado ocupado por partidos.

Quince años después, España continúa exactamente dentro del mismo marco institucional nacido en 1978. La monarquía de partidos sigue intacta. El poder judicial continúa repartido por cuotas partidistas. El Parlamento permanece sometido a las cúpulas de los partidos. El gobernado sigue sin elegir directamente a sus representantes. Y la llamada «nueva política» terminó convertida en administración rutinaria del mismo consenso oligárquico. El 15M fue un fenómeno emocional de enorme potencia estética, pero de absoluta esterilidad constituyente. Su fracaso no fue accidental: derivaba de su propia naturaleza. No quería conquistar la libertad política, sino expresar moralmente el descontento. Y el poder sabe perfectamente cómo sobrevivir al descontento cuando éste carece de pensamiento.

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