La izquierda política y la impostura de la falsa izquierda estatal

Una de las mayores falsificaciones políticas de nuestro tiempo es la consistente en hacer creer que la izquierda y la derecha sociales son las fuerzas decisivas de la vida pública española. Esa apariencia sirve para ocultar la verdadera naturaleza del régimen: una monarquía oligárquica de partidos estatales donde la libertad política de los ciudadanos ha sido sustituida por la dominación de las organizaciones partidistas, sindicales y patronales en el Estado.

Sin embargo, la cuestión fundamental no es quién gobierna, sino quién tiene el poder. Y en España, el poder político no lo tienen los gobernados, sino los aparatos de partido. Mientras esta realidad permanezca intacta, hablar de izquierda o derecha carece de significado político profundo. En la noche de la partidocracia todos los gatos son pardos.

La verdadera izquierda no puede definirse por el aumento del gasto público, por la extensión de los servicios sociales o por la retórica igualitaria. Tales cuestiones pertenecen al ámbito de las políticas de gobierno. La izquierda auténtica se define por su posición ante la libertad política. Allí donde no existe libertad política colectiva, donde el ciudadano no puede elegir directamente a sus representantes y donde los poderes del Estado y de la nación no están separados, no existe democracia y, por tanto, tampoco puede existir una izquierda verdadera.

La historia de la izquierda europea nació unida a la lucha contra los privilegios del poder constituido. Nació como una fuerza de emancipación. Sin embargo, la izquierda estatal contemporánea ha abandonado esa misión para convertirse en administradora del mismo sistema que dice combatir. Su objetivo no es conquistar la libertad política, sino gestionar los recursos del Estado y ocupar sus instituciones.

Por esa razón, los partidos que se autodenominan de izquierda participan de la misma naturaleza oligárquica que los partidos de derecha. Unos y otros dependen de la financiación estatal, de las listas de partido y de la disciplina de aparato. Unos y otros encuentran su supervivencia en la conservación del régimen. Sus diferencias son secundarias frente a su interés común: mantener intacta la relación de poder, con o sin rey, con o sin libertades otorgadas.

La falsa izquierda necesita que los ciudadanos crean que viven en una democracia política plena para llegar a la democracia social como fundamento de gobierno. Da por bueno que el poder legislativo esté sometido a los partidos, que la facultad judicial carezca de independencia efectiva y que el ejecutivo domine la totalidad del proceso político. Si admitiera estos hechos, tendría que reconocer también que su función histórica no ha sido transformar el régimen, sino legitimarlo.

La verdadera izquierda, por el contrario, está allí donde se reclama la libertad política colectiva como algo novedoso, más aun, revolucionario. Comienza allí donde se exige la separación de poderes, la representación de los ciudadanos y la independencia de la Justicia. Se encuentra allí donde la sociedad civil se niega a ser una masa electoral para reclamar ser sujeto político.

Por ello, la tarea principal de una izquierda consecuente no consiste en discutir programas de gobierno dentro del régimen existente, sino en abrir un proceso de libertad constituyente que permita fundar una democracia formal. Sin esa transformación previa, toda discusión ideológica queda reducida a una disputa administrativa entre facciones del mismo poder.

El Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional (MCRC) representa una posición singular. No aspira a integrarse en la oligarquía de partidos ni a obtener cuotas de poder dentro de ella. Su finalidad es la conquista de la libertad política colectiva mediante la instauración de una república constitucional basada en la separación de poderes y en la representación efectiva de los ciudadanos. Es la única izquierda política.

Mientras los partidos estatales compiten por el control del Estado, la verdadera izquierda debe luchar por la libertad de la nación. Porque la cuestión decisiva no es quién administra el poder, sino cómo se constituye. Y sin libertad política, la izquierda no es más que una palabra vacía al servicio de la dominación oligárquica.

Por eso no es de extrañar que la falsa izquierda social de los partidos estatalizados se haya convertido en el lacayo perfecto del gran capital financiero y de la monarquía. Y entre tanto, vengan huertos urbanos y semáforos igualitarios.

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