
Estimado lector:
‘Cartas persas’ se publica en la revista del MCRC Diario de la República Constitucional, fundada por Antonio García-Trevijano, arquitecto de la teoría pura de la democracia. Inspirada en Montesquieu ―cuya separación de poderes Trevijano llamó «alma de la libertad»―, esta columna presenta a un sheij iraní que observa Occidente con ironía coránica y rigor constitucional. Sus cartas, herederas del espíritu crítico de ambos pensadores, desvelan las falsas democracias donde el poder se disfraza de ley.
Sobre manuscritos proféticos de think tanks, títeres con kipá y la diplomacia como veneno destilado en Ginebra
En el nombre de Al-Lâh, el Misericordioso, el Compasivo.
Querido hermano Riza, custodio de los manuscritos de Qom:
Ayer, mientras los misiles dibujaban parábolas de fuego sobre los campos de Isfahán y los gasoductos de Qatar ardían como antorchas nupciales, hallé en un café de Estambul —ese puente donde Oriente aún escupe al rostro de Occidente— un pergamino que me heló la sangre. No era un grimorio antiguo ni un tratado de alquimia: era un informe del Brookings Institution, fechado en el año 2009 de su era cristiana, titulado Which Path to Persia? Sus páginas, hermano, olían a azufre y a tinta de impresora burocrática, pero contenían el guion exacto de esta tragedia que hoy presenciamos. Permíteme desentrañar, con la paciencia de un relojero persa, cómo los magos de Washington escriben el futuro con décadas de anticipación… y luego fingen sorpresa cuando sus profecías se cumplen.
El informe, Riza, es un tratado de nigromancia geopolítica. Capítulo por capítulo, párrafo por párrafo, disecciona cómo asediar, debilitar y finalmente derrocar a la República Islámica. No como una opción, sino como un menú degustación de crueldades que deben combinarse en sinergia: sanciones, diplomacia engañosa, estrangulamiento económico… y un capítulo que me hizo derramar el té sobre el mantel: Déjaselo a Bibi. Sí, hermano, dieciséis años antes de que el mundo contuviera el aliento ante los bombardeos sobre Natanz, estos escribas del imperio ya habían designado a Israel como el puñal que se clava para luego culpar al puñal, no a la mano que lo empuña. Es la perfección del crimen: el verdugo llora a la víctima mientras limpia la sangre de sus propias botas.
He visto, con estos ojos que Al-Lâh me dio para ver más allá del velo, cómo ejecutan el ritual. Primero, con sonrisas de porcelana en Omán o Ginebra, hablan de «diplomacia» mientras afilan los cuchillos bajo la mesa. Es la liturgia del engaño: ofrecen la paz con una mano y con la otra firman los contratos para los misiles que lloverán sobre tus hijos. Luego, cuando el ataque es inminente, el bufón de melena dorada tuitea: «Fue Israel, yo no sabía nada», y los telediarios del mundo corean el estribillo como un coro de derviches lobotomizados. Es la taqiyya imperial: ocultar la verdadera fe —el beneficio corporativo, la expansión del poder— tras el velo de una falsa inocencia. El embajador sionista gime ante la ONU lágrimas de cocodrilo, mientras los halcones de Washington brindan con champán francés porque el «Pearl Harbor» que tanto ansiaban ya está servido.
Pero lo más grotesco, Riza, es el botín. El fuego que ellos atizaron en Persia ha saltado ya a los campos de gas de Qatar y Kuwait, a las refinerías saudíes, a los puertos venezolanos. Han minado el estrecho de Ormuz no con explosivos, sino con la retórica de la «libertad de navegación»; el bloqueo, cuando llegue, llevará su firma aunque lo ejecuten otras manos. ¿Y todo para qué? Para estrangular al Dragón que bebe petróleo en el Pacífico. China, hermano, es el verdadero espectro que quema sus entrañas. Saben que en cinco años, quizá diez, será inalcanzable, energéticamente independiente, una fortaleza inexpugnable. Por eso corren como lobos heridos, derribando todo a su paso: Siria fue el umbral, Irán es la puerta, y más allá… Moscú y Pekín. El coronel Macgregor, un farangi con ojos de halcón viejo, lo confesó sin pudor: «Esto no es una guerra contra Irán. Es el último aliento de un imperio que se ahoga en su propia decadencia y quiere llevarse el mundo por delante».
Mientras escribo, los noticieros muestran a Trump, ese sultán de pacotilla, culpando a Israel por los ataques a los campos de gas. «No queríamos esto», susurra con voz de cordero degollado. Pero yo he leído el guion, Riza. En la página 47 del informe de Brookings, casi como una nota al pie, se menciona la necesidad de «crear una narrativa de distanciamiento» para absorber la culpa. No hay espontaneidad en su caos: cada bomba que cae, cada niño que muere de hambre por el bloqueo, cada barco petrolero que arde en el Golfo… todo estaba escrito. Son actores leyendo un libreto viejo, polvoriento, manchado de sangre futura.
La paradoja, hermano, es que este Leviatán herido se desangra a sí mismo. Han agotado sus misiles Patriot en Ucrania y Yemen, sus portaaviones se oxidan en diques secos, y los raros minerales que necesitan para fabricar sus juguetes de muerte… ¡vienen de China! Es el colmo de la ironía divina: para matar al Dragón, deben suplicarle que les venda la espada. Mientras tanto, el mundo observa cómo un imperio senil, ebrio de hybris, prende fuego a su propia casa creyendo que así iluminará el camino hacia su gloria perdida.
Al-Ghazali escribió: «El tirano que no siembra, arrasa. Y quien arrasa, será devorado por su hambre infinita». Hoy, los tahúres de Washington y Wall Street apuestan sus últimas fichas en el tapete de Persia. Creen que quemando nuestros jardines salvarán los suyos. Ignoran que el fuego que han encendido en el Golfo Pérsico no se detendrá en las fronteras de Irán: consumirá sus propios cimientos.
Ruego a Al-Lâh, el Dueño del Tiempo, que nos conceda la paciencia de la montaña y la astucia del zorro del desierto. Porque esta guerra no se gana con misiles: se gana sobreviviendo al guion que ellos mismos escribieron, y demostrando que la pluma de la Historia la empuña Quien todo lo ve.
Que la paz sea contigo, y que la verdad agriete sus pantallas de humo.
Tu hermano desde el Bósforo,
Sheij Omar ibn Farid.
Estambul, a 15 de Shawwal de 1447.
— Sheij Naser al-Khorasani.
Las opiniones aquí expresadas pertenecen al personaje ficticio, no a sus autores reales ni al equipo editorial. La ironía es un puente, no un muro.
«El sabio no teme a los espejos rotos, sino a quienes creen poseerlos intactos» (inspirado en Hafez).




