
Si se quiere comprender la degradación moral y política del régimen nacido en 1978, basta escuchar las recientes declaraciones de Felipe González anunciando, con impostada gravedad, que votaría en blanco. Ese gesto, presentado como acto de conciencia, no es sino la culminación coherente de toda una trayectoria: la de uno de los propiciadores de la oligarquía de partidos que sustituyó la dictadura personal de Francisco Franco por la oligarquía colegiada de los partidos estatales.
El voto en blanco, en boca de quien fue el principal beneficiario del consenso del régimen, no es un acto de rebeldía, sino una confesión. Confesión de oportunismo histórico. Confesión de que el voto en blanco recusa a la actual clase gobernante pero que legitima la relación de poder existente que él ayudó a instituir y que defiende. Pero, sobre todo, confesión de que jamás creyó en la libertad política colectiva, sino en la alternancia pactada entre facciones.
Durante la llamada Transición —ese mito fundacional repetido como catecismo— no hubo ruptura democrática, sino reforma controlada. No hubo libertad constituyente del pueblo, sino pacto entre élites bajo la supervisión del aparato del Estado. Y en ese teatro de sombras, González desempeñó el papel decisivo: legitimar con retórica socialista lo que no era más que continuidad estructural del franquismo sin Franco.
Mientras otros defendían la ruptura democrática y la apertura de un periodo de libertad constituyente, González optó por la integración en el juego diseñado por Adolfo Suárez, bajo la monarquía reinstaurada. Así, el PSOE dejó de ser —si alguna vez lo fue— un instrumento de transformación para convertirse en una pieza más del engranaje.
Su llegada al poder, en 1982, supuso la consolidación del régimen de partidos. La obediencia a las estructuras atlánticas y la profesionalización de la política como carrera cerrada fueron los pilares de su mandato. El escándalo no fue solo la corrupción económica o las sombras del terrorismo de Estado; eso es consecuencia lógica de la ausencia de separación de poderes, donde el ejecutivo domina al legislativo y coloniza al judicial. El verdadero escándalo fue moral: haber presentado como democracia lo que no era sino oligarquía de partidos.
Que ahora anuncie su voto en blanco no es un gesto trágico; es casi una ironía histórica. Porque el voto en blanco, en el sistema proporcional de listas que él contribuyó a afianzar, no castiga a las cúpulas, no cambia la relación de poder. Es, simplemente, una forma de desentenderse de la política sin tocar la estructura de lo político.
González no puede situarse por encima del régimen como si fuera un espectador desencantado. Él fue un actor principal. No puede lavarse las manos quien ayudó a escribir las reglas del juego y se las manchó luego de sangre al jugarlo. El sistema que hoy produce hastío es el que él consolidó con mayoría absoluta.
La crisis actual no es de partidos concretos, sino del modelo mismo. Y ese modelo nació de la renuncia a la libertad política colectiva en favor de la estabilidad pactada. Mientras no se abra un proceso de libertad constituyente que desemboque en una auténtica Constitución que, por primera vez, separe los poderes políticos y establezca la representación del ciudadano civilizando a los partidos, todo voto sea en blanco o de protesta será otro ladrillo legitimador. El drama de España no es que sus antiguos gobernantes voten en blanco. Es que nunca se permitió al pueblo ejercer su libertad constituyente. Y esa responsabilidad histórica no puede diluirse ni permitirse que sea olvidada.




