¿Fin del trayecto?

Cuarenta y cinco personas han muerto. Cuarenta y cinco vidas segadas. Cientos de vidas destrozadas. La densa niebla de declaraciones y datos parece disiparse y ofrecernos la terrible faz de la tragedia: la negligencia en el mantenimiento de nuestros trenes. Y en esto que una imagen recorre todas las redes y se nos clava en la retina: los reyes y la clase política «posan» junto al tren hecho de sangre y chatarra.

Un escalofrío nos recorre: una revelación de lo que pasa. Algo entre pintura negra de Goya y cuadro de Solana tiene la supuesta instantánea. Al fin lo comprendemos: en ese tren viajaba gente como tú y como yo, la sociedad civil, el pueblo. Al margen, con actitud de hierática aristocracia, la clase política auspiciada por un monarca que heredó la corona de su padre y este, a su vez, de un autócrata de fajín y charreteras. Un dictador, vaya.


Con ese tren descarrilaba nuestra última fe en este régimen (que no sistema): la ilusión de que, a pesar de todo, íbamos a alguna parte. ¡La alta velocidad era nuestro orgullo y nuestra metáfora! Ahora descubrimos que solo vamos de una estación mala a otra peor: la estación de una corrupción sistémica que se ríe de nosotros, la estación de unos políticos serviles al jefe y a sus bolsillos, la estación de una Administración que crece a base de asfixiarnos y tratarnos como parias, la estación de una clase media que cada vez se va haciendo más baja y más baja…

Y en esto que, como celosos paladines de su dama, los medios de una vertiente ideológica y de otra se apresuran a informarnos de que esa foto no es una instantánea. Que se ha tomado de un vídeo. Que los reyes, interesados por el desastre, estaban yendo de un vagón a otro. Que nunca se posó frente a las cámaras… Y yo digo: ¿¡Y qué más da!? La imagen está ahí. No importa tanto sus circunstancias, sino lo que viene a significar. Importa el número de cerebros que activa y une en esa activación. Importa lo que desenmascara: una clase dirigente que habita un universo distinto al nuestro y unos medios de comunicación que los apuntalan.


Y es que nuestros «representantes» no nos representan. El rey representa a la monarquía que heredó de su padre, y este, a su vez, de un general omnipotente. Los políticos representan a los jefes de sus partidos, a sus ambiciones personales y a sus bolsillos. Cuando nos entregamos a la liturgia cuatrienal de introducir una papeleta de voto refrendamos candidatos que no conocemos, que ha puesto ahí el aparato de su partido. Y no por su capacidad para representar los intereses de los ciudadanos, no, sino por su total sumisión a los intereses de sus siglas. Lo más, por la popularidad de sus muecas. Por eso solo podemos recorrer las estaciones de la corrupción, del servilismo y la demagogia de nuestros políticos, de un Estado blindado y omnipotente, de una clase media que ya es medio pobre…. Y todo en un perfecto anillo… ¿Qué sistema es este? ¿Qué viaje estamos haciendo? ¡¿Llegamos al fin del trayecto, que quiero bajarme?!

Por eso esta imagen lo dice todo. Dos han sido las manifestaciones que más me han llamado a propósito del accidente. Una ha sido publicada en X por @EliasGrima titulada El silencio es el síntoma de que el ciclo se ha cerrado

¡No se la pierdan! Habla del «fin de un ciclo de modelo agotado». De un país empobrecido, corrupto y asfixiado. De como «el poder se une frente al ciudadano y no ante el problema». De como «ante el dolor anteponen el relato». Finaliza afirmando que «el centro de la imagen es el silencio». «Y el silencio es el síntoma de que el ciclo se ha cerrado». Proverbial y emotivo análisis…

La segunda manifestación ha sido la de Gabriel Albiac, en el canal ViOne+, con Jano García, retratando sagazmente, entre otras cosas, cómo el ministerio encargado de mantener esas vías y la vida de los viajeros ha sido el Ministerio mafioso de las mordidas, los contratos a dedo y las putas. Finaliza su luminosa exposición diciendo que «él no vota»…

Y tras leer y escuchar debo, tengo, me veo obligado a añadir algo. Ambos hacen una buena diagnosis de los síntomas, ambos expresan la justa indignación de un pueblo, más hay que decidir qué hacemos. Qué hacemos nosotros, los ciudadanos, la sociedad civil, el pueblo. Porque «ellos» ya sabemos lo que van a hacer: lo mismo que con Valencia. Simular rictus de pena, arrojarse piedras de derecha a izquierda, jugar con nuestro olvido y con la muerte de 230 personas. Porque eso es lo que han conseguido: una sociedad civil zombificada que carece de instrumentos para defenderse y volver a la vida. Que lo aguanta todo. ¡Qué diferente sería un sistema político donde tuviéramos personas que nos representasen! ¡Donde hubiera una justicia independiente! ¡Donde existiera de verdad democracia, que es el poder del pueblo, no el de estas aristocracias! Pero esa posibilidad se nos negó hace cincuenta años. ¡Y todavía decimos que conquistamos la libertad en las calles! No conquistamos nada, salvo, como los bueyes, una yunta para arar los fértiles campos de sus carreras políticas y sus cuentas corrientes…

Amigo Elías, afirmas que «el silencio es el síntoma de que el ciclo se ha cerrado». Entiendo lo que dices del silencio, pero ese silencio debe preceder a un cataclismo en nuestras conciencias. Escribes que «el ciclo se ha cerrado» y ese «se» es, gramaticalmente, señal de pasiva refleja, vamos, de pasividad absoluta. Nada se va a «cerrar» por sí solo. Es la sociedad civil la que debe cerrar el ciclo. El pueblo, liberado de manipulaciones ideológicas y abriendo sus seseras a la verdad escondida. ¡Aunque cueste! Porque solo hay libertad y verdadero porvenir en la verdad. Y la verdad es que habitamos la estación fantasma de la confusión y el consenso (acuerdo entre poderosos, ese es su verdadero sentido) desde hace más de medio siglo. No hemos gozado ni un minuto de democracia. Esa es la verdad. Nos impusieron al rey y la forma de Estado. Esa es la verdad. Nunca hubo ruptura con el franquismo, sino continuidad. Esa es la verdad. La Constitución del 78 es la novena Ley Fundamental franquista ( «de la ley a la ley», ¿recuerdan?). Esa es la verdad. La oposición pactó con el régimen para imponer otro régimen. Esa es la verdad. Sí, duele, pero los nacionalistas y las izquierdas pactaron con los heraldos del fiambre. Esa es la verdad. Nunca hubo un proceso de libertad constituyente… Esa es la verdad. ¡No sabemos ni lo que es eso! ¡No interesa! Esa es la verdad. La Constitución del 78 se hizo de espaldas al pueblo, en una comisión que se reunía en restaurantes de postín y paradores nacionales… Esa es la verdad. «Pero la aprobamos en referéndum», espetará alguien… Eso es verdad, mas ¿cuántos referéndums, incluidos los dos de Franco, se han perdido? ¿Te lo digo? Ahora ya sabes la verdad: la verdad y la libertad se conquistan, no te la va a regalar nadie.


Señor Albiac, ¿por qué no explica por qué no vota? Porque esa es precisamente la falla de este sistema que nos han impuesto con la habilidad de los trileros, por muy dignos y encopetados que se nos hayan mostrado durante estos cinco decenios las «gentes de la hierba mala».


Hay que regresar a esa estación de la que partimos hace cincuenta años si queremos entender y hacer algo. Hay que escuchar a quien ya por entonces adivinó lo que estamos padeciendo. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Y la estación que habitamos no es la de la democracia, sino la de la «oligarquía de partidos», un régimen de poder que sigue a las dictaduras y en el que el ciudadano no pinta nada y en la que el Estado, sin control efectivo, lo pinta todo. Así, cualquier cosa que provenga de él, solo será una mala soldadura. Un engaño. Un accidente.

Hace cincuenta años, un abogado de Alhama de Granada, don Antonio García-Trevijano, pintó la estación en la que estamos apresados. Coordinador de toda la oposición a Franco, fue el único que sostuvo hasta el final la ruptura con el franquismo como único modo de acceder a una democracia. Por eso a muchos no os suena su nombre. Porque está fuera del relato. Porque le arrojaron de la vía…


Trevijano defendía la abstención, la que practica sin explicar Gabriel Albiac, como única forma de acabar con esta aciaga fotografía de los poderosos y ese tren siniestrado que somos todos. Pero de nada sirve la abstención sin saber por qué nos abstenemos.

Bien, hagámoslo, alcancemos un noventa por ciento. Démosle su merecido y démonos el nuestro. Mas estos son capaces de gobernar con los votos de tres amigos y con el de su tía la del pueblo. Lo harán. Mas, como explicaba Trevijano, tendrán potestad, mas no autoridad moral, y bastará cualquier escándalo para acabar con este régimen e iniciar un verdadero proceso de libertad donde se cree una verdadera Asamblea Constituyente, donde se elabore una verdadera Constitución de forma transparente y donde podamos votar a nuestros verdaderos representantes. Y sin prisa. No nos «indignemos». Conozcamos. Actuemos. Todo por abandonar esa estación fantasma del 78 y dar por término este viaje en el que no nos hemos movido.

En memoria de las víctimas y sus familiares y amigos, quisiera recordar unos versos de Miguel Hernández que vienen muy a molde de todo esto:

Vientos del pueblo me llevan…

(…)

No soy de un pueblo de bueyes,

que soy de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo

sobre el cuello de esta raza?

(…)

Vais de la vida a la muerte,

vais de la nada a la nada:

yugos os quieren poner

gentes de la hierba mala,

yugos que habéis de dejar

rotos sobre sus espaldas.

IN MEMORIAM

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