El cuento de la democracia

Tocaba votaciones en Aragón. Y la consigna que vimos durante horas y horas en nuestras pantallas fue: «Aragón decide», como si, a fuer de repetir una mentira, pudiera convertirse en verdad.

Lo cierto es que Aragón no ha decidido nada. TODO, absolutamente todo, lo han decidido los partidos. A los súbditos aragoneses —que no ciudadanos— sólo les han permitido apoyar unas listas que los que mandan en los partidos habían elegido. Eso sí, a los aragoneses, como hace unas semanas a los extremeños, y dentro de poco a los castellanoleoneses, les hacen creer que eligen…

Es muy preocupante que los votantes no hayan comprendido que, al votar con el sistema de listas de partidos, no se elige nada.

Es muy preocupante que los votantes asuman el papel al que han sido reducidos por este sistema de partidos, que sólo les permite ratificar lo que los partidos —concretamente los mandamases que confeccionan las listas— eligen por ellos. Porque esa es la consideración que los partidos (TODOS) otorgan a los votantes: la de individuos inmaduros que necesitan ser tutelados.

Es muy preocupante que los votantes no hayan conseguido VER que ESTO no es democracia, y que sigan conformándose con las explicaciones que llegan desde los medios del poder.

Bastaría con detenerse a pensar brevemente para comprender que, para elegir a candidatos, no deben existir las listas de partidos… sino que, como sucede en Francia o en Reino Unido, el Parlamento se conforma con diputados de distrito. Esto es, en cada distrito electoral (de aproximadamente 100 000 habitantes) los electores eligen a UNA PERSONA. Y es esa persona, el diputado de distrito, quien representa a todos los habitantes del distrito y defiende sus intereses en el Parlamento.

Para ello, los candidatos se presentan a los comicios —perteneciendo o no a un partido— y se adjudica el cargo de diputado a quien consiga la mayoría de los votos del censo del distrito. En caso de que ningún candidato lo consiga, los dos candidatos con mayor número de votos se enfrentarían en segunda vuelta, garantizando que el vencedor lo sea con mayoría absoluta. De esta manera, es el único modo en que se cumple el principio de la representación política. De ahí que esta forma de elección se denomine sistema mayoritario, y es uno de los dos requisitos indispensables de la democracia. El otro, la separación de poderes.

La inexistencia de este sistema de elección en España, y la imposición en su lugar del sistema proporcional, es la primera de las causas por las que el régimen de partidos implantado no supera la prueba del nueve. La segunda condición imprescindible de una democracia —que tampoco se cumple en España— es la separación de poderes. Esto es, la elección del Gobierno (poder ejecutivo) y la del Parlamento (poder legislativo) han de realizarse por separado, porque es la única forma de garantizar que el poder del Estado, materializado en el Gobierno (encargado de garantizar el cumplimiento de las leyes), no usurpe la función del poder de la nación, delegada en el Parlamento (elaboración de las leyes).

El tercero de los poderes —al que Montesquieu calificaba de presque nul (casi nulo, hasta cierto punto, pues su poder consiste en no depender de los otros dos— es el judicial, poder que en España depende del poder político. En España, quien gana las votaciones acapara todo el poder: forma el Gobierno, domina el Parlamento y nombra al órgano de gobierno del poder judicial.

El conocimiento de estos mínimos es lo que está haciendo que una buena parte de los gobernados (por fortuna, cada vez más) tome la determinación de no acudir a las urnas. Son personas que han comprendido la falsedad y el engaño del sistema y rechazan legitimar esta farsa, por lo que han decido no ser cómplices de los desmanes de esta clase política CORRUPTA. Por eso eligen ABSTENCIÓN: la única manera de conservar la dignidad de personas libres, la única forma de no acatar la servidumbre voluntaria al régimen de partidos… y de resistirse a ser súbditos.

Cuando la mayoría de gobernados comprenda estos mínimos —esta paradoja tan sencilla y, a la vez, tan complicada— estaremos en posición de exigir la condición de ciudadanos libres. Y la libertad colectiva estará a nuestro alcance.

Solo así, el régimen de partidos tendrá los días contados. Entonces, a través de un período de libertad constituyente, habremos recorrido una buena parte del camino que nos llevará a la democracia.

Salud, y república constitucional.

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