Vox: el Podemos de la derecha social

Hay fenómenos políticos que se presentan como insurgencia y no son más que muleta de la oligarquía. Se envuelven en la retórica del cambio sin ruptura, agitan pasiones primarias, dramatizan el conflicto y se ofrecen al público como alternativa histórica. Pero cuando se les examina con criterio político, no aparecen como una novedad constituyente, sino como una pieza funcional de la misma relación de poder que dicen combatir. Vox pertenece a esa categoría. Su papel en la política española no es el de una fuerza de liberación contra la partitocracia, sino el de una excitación de la misma por el flanco derecho. En ese sentido, Vox es el Podemos de la derecha social.

La comparación irritará a sus partidarios, porque en España la propaganda ha sustituido al pensamiento, y las etiquetas emocionales valen más que el análisis estructural. Pero precisamente por eso conviene ir al fondo. ¿Qué fue Podemos en su irrupción? No una fuerza destinada a destruir el Estado de partidos, sino a regenerarlo con el lenguaje de la indignación. Canalizó el descontento, movilizó los afectos y representó teatralmente la rebelión del «pueblo» contra la «casta». Sin embargo, su resultado histórico no fue sino la integración de la protesta social en los mecanismos del poder. Se convirtió en parte del teatro que fingía denunciar.

Vox realiza la misma operación en el campo sentimental de la derecha social. Donde Podemos explotó la rabia igualitaria, Vox explota la rabia nacional. Donde uno ofrecía redención por la vía de la igualdad, el otro la promete por la vía de la patria amenazada. Ambos simplifican la realidad hasta reducirla a una liturgia de adhesiones. Ambos sustituyen el pensamiento político por la identidad emocional. Ambos necesitan un enemigo visible, una escenografía permanente de confrontación y una masa persuadida de que gritar es actuar.

No es casualidad que los partidos surgidos del agotamiento del régimen adopten formas plebiscitarias, cesaristas o sentimentalmente movilizadoras. No nacen de la libertad política, sino de la nula representación. Cuando no existe separación de poderes, ni representación uninominal, ni, en consecuencia, control efectivo de los gobernantes por los gobernados, la política genera un mercado de emociones administradas por aparatos de partido. En ese mercado, la novedad no consiste en la verdad de una idea, sino en la eficacia de su envoltorio. Vox y Podemos son productos distintos de una misma fábrica: la de la partitocracia española.

La falsa rebeldía de Vox se descubre en un hecho decisivo: no cuestiona la naturaleza del régimen. Protesta contra sus ocupantes, pero no contra su principio. Señala a socialistas, separatistas, progresistas o burócratas europeos, pero no pone en el centro la ausencia de representación política de los españoles. No denuncia con radicalidad institucional que el diputado no responde ante sus electores, sino ante la cúpula del partido. Es más, lo ejecuta en sus propias filas si no obedecen. En suma, no combate el fundamento oligárquico del sistema, sino que aspira a ocupar una parte más ventajosa dentro de él. Eso no es hacer política de principios; es disputar posiciones en el reparto del Estado.

Su función, por tanto, es la misma que tuvo Podemos. Ambos aparecen cuando amplios sectores sociales perciben que los partidos tradicionales ya no consiguen la adhesión de sus reflejos sentimentales. Entonces emerge una fuerza nueva que ofrece lenguaje, gesto y estética para traducir el malestar en identidad militante.

El régimen no teme verdaderamente a esas fuerzas mientras acepten las reglas de integración, financiación, disciplina interna y colonización institucional propias del Estado de partidos. Las tolera, las explota y finalmente las absorbe. Unas veces como socio de gobierno, otras como antagonista útil. Siempre como elemento de estabilización.

Vox no es una reacción contra la corrección política; es también uno de sus productos. Necesita el mismo esquema de simplificación moral que su adversario. Necesita un país psicológicamente infantilizado, habituado a la consigna, incapaz de distinguir entre propaganda y pensamiento. Por eso, sus mensajes, cuando denuncian los excesos ideológicos del falso progresismo, quedan encerrados en una política de consigna, eslogan y agitación cultural. Mucho ruido moraloide, poca idea de libertad política.

La gran estafa consiste en hacer creer a millones de españoles que escoger entre PSOE, PP, Podemos, Sumar o Vox equivale a elegir. No. Eso equivale, en el mejor de los casos, a ratificar administradores de una misma forma de dominación oligárquica. Cambian los acentos, los símbolos, los resentimientos movilizados y las clientelas favorecidas. No cambia la esencia: el ciudadano sigue sin ser representado; el legislativo sigue subordinado a las cúpulas que hacen las listas; el ejecutivo sigue colonizando las instituciones; los partidos siguen ocupando el Estado como botín.

Vox introduce en ese panorama un estilo bronco, enfático y polarizador que muchos confunden con valentía. Pero la valentía política no consiste en elevar el volumen de la consigna, sino en decir la verdad sobre la ausencia de libertad política. Y esa verdad no está en la retórica nacional-populista, sino en la denuncia de la partitocracia.

Podemos de falsa izquierda, Vox de falsa derecha: dos formas complementarias de integrar la cólera en el régimen. Dos válvulas de escape para impedir que el descontento se convierta en conciencia política. Dos maneras de transformar la frustración civil en adhesión partidista. El primero habló en nombre de los de abajo; el segundo habla en nombre de España. Pero ninguno habla en nombre de la libertad política colectiva.

Y ese es el criterio decisivo. No quién grita más. No quién indigna más a sus enemigos. No quién moviliza más banderas o resentimientos. La cuestión es quién quiere que los españoles dejen de ser masa electoral y se conviertan en cuerpo político. Quien no plantee eso, aunque se disfrace de insurgente, seguirá siendo una pieza del mecanismo.

Vox no rompe el tablero. Vox confirma que el tablero está trucado y decide jugar con entusiasmo. Como Podemos, vino a capitalizar una crisis de legitimidad; como Podemos, ha contribuido a metabolizarla dentro del sistema. Su novedad es estética; su función, sistémica. Por eso no representa una alternativa al régimen del 78, sino una de sus últimas mutaciones.

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