Engaños en blanco

Nada revela mejor la solidez de un régimen oligárquico que su capacidad para integrar la protesta sin alterarse. Cuando la disidencia no rompe, sirve. Y cuando sirve, es funcional al poder. El partido Escaños en Blanco no es una anomalía del sistema partitocrático español: es uno de sus productos más acabados.

Partamos del apriorismo cierto que ese partido acepta: «el sistema no es representativo». Bien. Entonces no hay escapatoria lógica posible: ningún escaño salido de ese sistema puede representar a nadie. Ni el del partido gobernante ni el del partido que dice no querer gobernar. La irrepresentatividad no se neutraliza con un gesto simbólico, ni con una declaración de intenciones, ni con una metáfora electoral.

Si los votos a los partidos estatales no representan a nadie, ¿por qué los votos a Escaños en Blanco sí lo harían a quien saben que no están representados por el sistema proporcional de listas? ¿Por qué su escaño sería distinto? ¿En virtud de qué milagro político?

La respuesta es puramente fideísta. Es el mismo sofisma que sostiene que un diputado, una vez elegido, deja de representar a quienes lo votaron para representar a toda la nación. Una superstición que sólo puede mantenerse por repetición ritual. En el caso que nos ocupa, el dogma adopta forma de transustanciación electoral: escaños vacíos convertidos en representación del descontento. La misa ha cambiado de liturgia, pero el altar es el mismo.

Dicen que dejarán el escaño vacío. Eso no es una acción política: es una ausencia inane. ¿Quién decide? ¿Quién actúa? Un escaño vacío no transforma nada. No bloquea nada. No condiciona nada. Nadie en el Congreso notará su inexistencia. Y todo ello después de movilizar cientos de miles de votos para producir exactamente cero efectos políticos. No es sólo inútil y legitima el sistema electoral: es grotesco.

Más grotesco aún es el infantilismo jurídico del compromiso ante notario de no ocupar el escaño. Como si la política se rigiera por la moral privada o por la buena fe. En política, las promesas no garantizan nada. Sólo la revocabilidad garantiza algo. Un diputado no se controla con juramentos, sino con poder. Y quien no entiende esto no ha comprendido nada de la naturaleza del Estado. Todo lo demás es propaganda para incautos. Agotados los intentos regeneradores de los nuevos partidos de la izquierda y la derecha social, los UPyD, los VOX, los Podemos, ahora el invento perfecto es integrar a quienes se sienten tentados de abstenerse.

Escaños en Blanco piensa con la lógica que dice combatir. Habla en términos partitocráticos, actúa como partido y se somete a la dinámica del voto. Es la metadona del régimen: permite seguir votando sin creer, seguir participando sin representar, seguir obedeciendo sin culpa.

No hay voto inocente. Todo voto legitima. Incluso el voto al vacío. Cualquier maniobra desde dentro es reformismo legitimador. Un escaño en blanco no cuestiona la relación de poder: la reconoce, la acepta y la refuerza. Quitarle un diputado al Congreso es como quitarle la cola al látigo: el golpe duele exactamente igual. Además, el sistema no es estúpido. Puede modificar leyes, reinterpretar reglamentos o repartir escaños de otro modo. El Reglamento del Congreso es claro: los elegidos ocupan sus puestos; si renuncian, se tira de lista; y si no hay lista, el sistema decide. El régimen siempre encuentra la forma de neutralizar lo que no lo amenaza, que es la abstención.

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