Año II, n° 181, martes 9 de febrero de 2010
La desmemoria histórica

El juez Baltasar Garzón atraviesa el punto más delicado de su carrera judicial al ser imputado en dos procedimientos. Uno por abrir causa general contra el franquismo y otro por los polémicos cursos que impartió en Nueva York. En el primero de ellos el Alto Tribunal ya ha ratificado que existen indicios suficientes como para que sea acusado de prevaricación. Es en esta coyuntura cuando un grupo de amigos del juez estrella, alentados por el decano de los jueces centrales de instrucción de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, y la fiscal Dolores Delgado, han tomado la iniciativa de recoger firmas para proponer al ministro de Justicia, Francisco Caamaño, que solicite la concesión para Garzón de la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, distinción creada por Franco el 23 de enero de 1944 y destinada a aquellas personas que hayan contraído “relevantes méritos” en el servicio a la Justicia. Los garzonistas mantienen que el magistrado ha realizado una “extraordinaria” aportación “desde parámetros legales y constitucionales”.

 

El ambicioso juez, juguete desechable del Poder, llega al momento de máximo equilibrio en las cuerdas de la Justicia del Estado de poderes inseparados: suspendido entre el encumbramiento del “superjuez” y un posible procesamiento. En caso de que todo prosperara podríamos hallarnos ante un reo recompensado con la máxima condecoración existente en el mundo del Derecho en virtud de su “extraordinaria” aportación a la causa de la oligocracia.

 

La máxima proeza de Baltasar Garzón, amén de su celo para cazar chivos expiatorios de la corrupción del propio régimen y de ver cómo se le escapan los narcotraficantes, ha sido abrir causa general contra el franquismo en connivencia con las ARMH. Junto a estas asociaciones, creadas fraudulentamente por la partitocracia y fundadas gracias a documentos e información privilegiada heredada del franquismo por el PSOE, ha hecho que por una parte se hayan exhumado cadáveres de fusilados de la Guerra Civil, con todo lo que ello conlleva, incluido que finalmente se especulara con los terrenos, y por otra la más repugnante de las acciones emprendidas desde el paso de la dictadura a la oligocracia: la desmemoria histórica. Para ello se han alterado trazados arquitectónicos de pueblos y ciudades; se han sustituido nombres de calles por los de hombres que dieron su vida por la República, con el pretexto de que es una manera de devolverles la “dignidad” y se han inventando sus vidas hasta límites insospechados relacionando esas biografías con la “democracia actual”; se ha promovido que muchos descendientes hayan acudido a los centros oficiales a buscar datos de sus seres queridos desaparecidos, para que finalmente sólo estuvieran disponibles aquellos que a quienes gobiernan interesaban. Y lo más aberrante de todo es que han continuado,  con

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Consuelo Galán
  
 

(Foto: luzbel2)

El juancarlismo fue la mera sustitución del franquismo. La necesidad de homologarse políticamente con los países de nuestro entorno hizo que los grupos parlamentarios, ya permitidos en la fase terminal de la Dictadura como novedosa apariencia, se tornaran en partidos políticos, naturalmente a cuenta del Estado totalitario. La admisión de los viejos exiliados y de sus descendientes políticos bastó para rellenar un completo espectro estatal y hacerlo pasar por nacional, ahora “democrático”. ¿Quién podría alertar a la mansa sociedad española de esta maniobra, sobre todo después de que el juancarlismo aflojara el lazo de la censura a los agradecidos voceros públicos que ya se permitían medrar (algo que éstos glosaron como “libertad de expresión”)? ¿Acaso los avanzados europeos no practicaban semejante orden institucional?

 

El aparato totalitario del franquismo había succionado a la sociedad. Lo civil no podía existir sin desnaturalizarse a través de lo orgánico. La inanidad ante semejante monopolio del poder solamente era evitable con el amparo clientelar de los cabecillas del Régimen. Y para la actividad económica, sometida al Estado corporativista, ello era infranqueable. El juancarlismo de varios partidos lo continuó. El pajarillo nacido en cautividad se niega a abandonar la jaula aunque ésta esté abierta, sobre todo cuando la comida se sirve dentro. Todo es licencia estatal. Los sindicatos verticales dejaron su lugar a las franquicias de los partidos de izquierda. Y los patronos, ¡también se asocian!, algo que solamente tiene sentido para que su peso no sea insignificante cuando sólo pueden aspirar a ser pequeñas o, como mucho, medianas. Es el neocorporativismo de la negociación colectiva, cuestión interna de la economía española, oráculo gubernamental para unos empresarios que no podrán prosperar, y tragicomedia de los trabajadores que deben perder. No. A ellos no les toca. Los financieros de la Monarquía de Partidos se saben a salvo. La ruina de los demás les ha servido a ellos. Haciéndose con las antiguas empresas estatales, oportuna contrapartida de la alianza con la casta política del posfranquismo que todavía sostienen, han alcanzado el paraíso en el limbo económico de lo multinacional a través de la CEE, infernal condena para todos los demás.

José A. Sanchidrián
  
 
Otra vez la Seguridad Social

Una vez más el tema de la Seguridad Social, como resultado de la proposición gubernamental de retrasar la edad de jubilación a los 67 años y utilizar los 25 últimos años para el cálculo de la pensión mínima (posteriormente rectificada) salta a las primera plana de los periódicos y es objeto de análisis por múltiples expertos. Hace un año el Gobernador del Banco de España, por reflexionar sobre estos mismos temas, fue demonizado por los gurús del sistema y puesto como un trapo por insignes sindicalistas. Esta vez la iniciativa gubernamental no ha tenido aquel rechazo, aunque la situación sea mucho más grave. ¿Será porque ya conocían el contenido de la caja de Pandora o porque se ha puesto en marcha el mecanismo de la servidumbre voluntaria?

 

La Seguridad Social hoy día es un instrumento de solidaridad de las sociedades avanzadas, dirigido y/o gestionado por el Estado y como tal está sujeto a cambios y actualizaciones, que dependen de la percepción que los dirigentes políticos tengan de la evolución de la sociedad. En la década de los sesenta del siglo XX (cuando nació la ley de bases de la Seguridad Social de 1963) estos dirigentes tomaban la decisión y poca gente (o nadie) la ponía en entredicho; ahora los medios creadores de opinión pública informan sobre la situación de nuestro sistema de protección social y comparan las soluciones que han ido tomando los diversos Estados para que sus clientes (lectores, oyentes, espectadores) estén enterados.

 

Pero en una democracia no basta con informar del problema, de por sí muy importante, ni con estudiarlo en comités de expertos a modo de sanedrín lejano (Pacto de Toledo), sino que debe ser conocido y debatido por todos los ciudadanos en sus Distritos para que opinen y decidan sobre él. Pero en estas tierras el tema de las pensiones públicas solamente ha salido a primera plana como arma arrojadiza o soflama de mitin en las campañas electorales.

 

A muchos ciudadanos nos gustaría tener debates apasionados sobre las ventajas e inconvenientes de cada sistema de protección social (de reparto, capitalización o mixto); del funcionamiento de las cuentas propias (Suecia); de la financiación y cuentas personales obligatorias y su gestión privada (Chile); del alcance de los mínimos garantizados por el Estado; de la repercusión de tener en cuenta la vida laboral entera en el cálculo de nuestra pensión (Francia); de la justificación de las pensiones vitalicias de viudedad y de las prejubilaciones; y de todo aquello que nos atañe directamente.

 

 

 

 

 

"A pure theory of democracy"

 

 

Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"