Año II, n° 283, lunes 26 de julio de 2010
poderes inseparados
Sciascia-Montanelli

Cuando el interés suscitado por un dilema viene motivado no por el escrúpulo de contar la verdad o por el puro interés de observar sin miramientos la realidad, sino por la previa necesidad de defender aquello que se tiene por plausible o conveniente, es decir, por el llamado pomposamente “compromiso intelectual”, la honestidad es siempre sacrificada en aras de la Causa. El “compromiso intelectual” se convierte así en coartada de la más servil cobardía ante uno mismo y ante los demás. La Guerra Fría llevó al paroxismo esta tendencia; la denuncia de las brutalidades perpetradas en la Patria el Proletariado era sospechosa de connivencia con las fuerzas del “imperialismo capitalista”; las reservas intelectuales hacia los atropellos perpetrados por los estados occidentales en el ámbito de una política exterior dictada por la nefasta política de potencias eran inmediatamente descalificadas por su complicidad con los “enemigos de la libertad”. Y los crímenes perpetrados por los “nuestros” eran apuntados en el capítulo de los “abusos inevitables de toda gran empresa histórica”. La corrupción y el descontrol del poder no son producto de los abusos de unos partidos políticos empeñados en la violación sistemática de la legalidad, sino la consecuencia propia de una legalidad que ha suprimido la separación de poderes y por tanto toda posibilidad de control y contrapeso entre estos. Hace 30 años, esta crítica sería descalificada por su procedencia de fuentes filocomunistas, bien que disfrazadas de democráticas.

 

No fue otra cosa que el “compromiso intelectual” en defensa de una “democracia” en peligro lo que llevó a Indro Montanelli a defender públicamente la postura de la Democracia Cristiana frente al feroz ataque recibido por las Brigadas Rojas en la persona de Aldo Moro. Pero su compromiso enseguida dejó traslucir la profunda cobardía que subyacía en aquella toma de postura: no bien las terribles cartas de Aldo Moro comenzaron a publicarse, y con ellas la polémica agitada por el jurista y político secuestrado, en las cuales él se cuestionaba la procedencia de negarse a toda transacción con una banda criminal que amenaza la vida de un rehén, Indro Montanelli, en lugar de aceptar a Aldo Moro en toda su dignidad de hombre cuerdo y responsable, aun discrepando de sus planteamientos, prefirió negarle hasta la condición de sujeto dotado de raciocinio: estaba perturbado, aterrorizado, por lo tanto escribía al dictado de sus raptores. Afortunadamente, la honestidad intelectual del hombre libre que era Leonardo Sciascia, plantó cara a aquel atropello perpetrado por hombres tan respetados como Montanelli, sin más que acudir a los archivos y recordar que aquella postura de Aldo Moro no era ni mucho menos nueva: respondía a un contexto en el cual la idea de un Estado cuya legitimidad está fuera de toda duda y por lo tanto lo inaceptable de toda transacción también, era desconocida en Italia. Hoy, el enfrentamiento entre ambos periodistas ha de figurar, por derecho propio, en toda antología que se precie sobre las nefastas consecuencias del llamado “compromiso intelectual”.

Comentarios (4)
Querido Juan, nunca sentí respeto por Montinelli. Un buen periodista, un nulo intelectual y, en el fondo, un torpe moralista de la situación, aunque a veces, pocas, tuvo destellos de lucidez.
mayo 18, 2009     
Querido D. Antonio y demás amigos:

Indro Montanelli, con matices,me recuerda mucho, a partes iguales, a Ortega y Gasset, Emilio Romero y Javier Pradera, una mezcla de los tres, no se bien en que proporciones.

A fin de que estas referencias mías a la polémica Sciascia-Montanelli no sean sibilinas, me parece necesario transcribir el contenido de lo que Sciascia dice al respecto a su amigo Montanelli:

"De las cartas de Moro es preciso, sobre todo, hacer una lectura cándida. Quiero decir: es necesario, primero, expulsar el prejuicio, inoculado por los medios informativos, que, conviene decirlo, durante todo el suceso se han comportado como los medios del Régimen, de que el Moro cautivo no era el Moro de siempre, que se había convertido en otro hombre: un hombre que, convulsionado por el miedo a morir, había perdido el 'sentido de estado'. Si se sigue la pista de la vida de Moro en sus escritos, en su actividad, es patente, en cambio, que Moro continuó siendo el mismo, de forma lineal y absoluta. Se puede estar en desacuerdo -como yo lo he estado y lo estoy- de aquello que Moro pensaba de la Democracia Cristiana y del Estado; pero decir que en la "cárcel del pueblo" se produjo una mutación en su persona es una mentira, una maldad, una falsedad monstruosa. Y siendo claro que, en ciertos casos, Moro pensaba que el Estado debía doblegarse a la extorsión -como de hecho, durante esos días, lo confirmó el onorevole Gui-, ¿por qué pensar que, en su caso, habría de cambiar de opinión?"

"Quería desenmascarar lo que me parece un crimen. Porque a Moro se le mató dos veces: por las Brigadas Rojas, pero también por quienes lo negaron, por quienes dejaron de reconocerlo cuando cayó secuestrado: aquellos que lo negaron no pueden pretender esconderse detrás de una razón de estado. Podrían defender esa razón de estado, pero no diciendo que Moro se había convertido en otro Moro. Moro permaneció siendo fiel a si mismo, a su ser cristiano, y sobre todo a su ser democristiano. Presentarlo como enloquecido por el miedo es insultante, cristianamente, humanamente inadmisible...la definición del presidente de la DC como "un gran estadista" repetida obsesivamente por sus amigos y recogida al pie de la letra por los periódicos tenía una función mixtificadora: Moro habría sido un gran estadista, y siendo patente que en la cárcel del pueblo dejó de serlo, de ahi se seguía que enloqueció a manos de las Brigadas Rojas. Pero el presidente de la DC no fue jamás un gran estadista. Fue, eso sí, un gran democristiano".

"He sentido, religiosamente, el deber de rescatar al Moro prisionero de las Brigadas Rojas del estado al que lo relegasteis. Desgraciadamente, también tú eres responsable de esto (se refiere a Indro Montanelli, inciso mío). Y esto es lo que no puedo perdonarte. Entiendo que esta operación la hagan los viles. Entiendo que la hagan ciertos católicos. Entiendo que la hagan ciertos retóricos. No entiendo que lo haga un hombre libre, un laico en el más amplio sentido de la palabra. Que tu te hayas posicionado con quienes no aceptaban ninguna cesión ante la extorsión lo entiendo muy bien. Pero no entiendo la necesidad de justificar tu posición, en si legítima, aduciendo como contraparte el comportamiento de Moro...Moro se comportó coherentemente como un caballo de raza democristiana, y no se comportó vilmente. Hay un hecho muy simple que no has tenido presente: las cartas que tu has considerado como expresión de vileza no van dirigidas a sus enemigos, sino a sus amigos; a aquellos que, coherentemente con su ser democristiano (y mejor no indaguemos, por caridad, en su ser cristiano) deberían haberlo salvado. Para acusar a Moro de vileza debemos ver como se comportó con sus enemigos. Y nada nos dice que se haya comportado vilmente. Al contrario: en los documentos emitidos por las Brigadas Rojas se deja traslucir, precisamente, un respeto creciente. Las cartas son las de un político dirigidas a los hombres de la política. No escribía a Dios Padre; ni las Brigadas Rojas hubieran podido entregarle a Dios Padre mensaje alguno. Y sin embargo, de Dios habla: serenamente, pidiéndole ayuda para la empresa desesperada de alumbrar la mente de sus enemigos, pero también la de sus amigos.".


Un saludo afectuoso a todos

Juan Sánchez
mayo 18, 2009     
Finalmente, porque creo que viene al caso de lo que aquí se cuenta, una de las últimas cartas que Aldo Moro envía a los medios de comunicación, cuando ya la sentencia de muerte le ha sido comunicada, dice lo siguiente:

“Por una evidente incompatibilidad, pido que en mis funerales no tomen parte ni las autoridades del Estado ni miembros del partido. Pido que me sigan tan sólo aquellos pocos que verdaderamente me quisieron y, por ello, merecen acompañarme con sus oraciones y su amor”.

En esa misma carta Moro comunica a su partido su decisión de abandonar todos los cargos que tenía en la Democracia Cristiana y darse de baja como afiliado: siente que su partido, abrazando la ley (¿o la razón de estado?) por encima de la salvación de un rehén que va a ser asesinado, ya no es el partido cristiano que él había conocido. Claro que Bayle llegó a decir que "una república de buenos cristianos no puede durar". Montesquieu le corrigió: "Una república de buenos cristianos no puede existir". Y Sciascia, refiriéndose a Italia, dice: "Pero una república de buenos católicos italianos sí puede existir y durar". Este gesto de abandono de su partido por parte de Aldo Moro le mereció a Leonardo Sciascia la siguiente emocionante reflexión:

"Aldo Moro muriendo, aun con toda su responsabilidad histórica, se ha hecho acreedor a una inocencia que nos convierte a todos en culpables, también a mi. Me ha conmovido su última voluntad, rompiendo con su partido, lo que me recuerda el gesto de Pirandello. Pirandello había sido fascista, pero quiso ser enterrado completamente desnudo por miedo a que lo vistiesen con la divisa fascista, como entonces acostumbraban a hacer con los dignatarios del régimen. Antes de morir, Aldo Moro se despojó de la túnica democristiana. Su cadáver no pertenece a nadie, pero su muerte nos pone a todos bajo acusación".

Un abrazo a todos
Juan Sánchez
mayo 19, 2009     
"Italia padece un régimen político premontesquiano. No hay separación de poderes y los diputados votan como autómatas."

"Atribuir un pensamiento a la clase política, reconocer a los políticos la capacidad de pensar, es una ilusíón"

Leonardo Sciacia

Abrazo a todos
Juan Sánchez

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