Año II, n° 283, lunes 26 de julio de 2010
irrepresentación
Óscar
  
Imperio

Los Estados Unidos de América (EUA) cuentan con una democracia corrompida como sistema de gobierno; España cuenta con una corrupta oligarquía gobernante que llama a sus tejemanejes democracia. Allá, el fundamentalmente honesto diseño institucional apenas logra salvaguardar la dignidad de la cosa pública; acá, la indignidad ha sido institucionalizada en nombre de la paz social. La sociedad estadounidense carga con el imperativo imperialista; la española con el imperativo apoliticista. El imperio que estos diferentes imperativos ejercen, es de índole distinta.

 

(foto: PSOE)

El imperativo imperial es la panacea demagógica ofrecida a la sociedad estadounidense. Desde principios del siglo XX, salvo excepciones, los políticos de los EUA han convertido el acaudillamiento del mundo, que sólo puede ser el efecto histórico de una cierta cultura, en promesa electoral y medida de gobierno. Incluso el esperanzador Obama ha cometido ese error categórico que de manera inevitable, y por mucho que desee borrar el siniestro especto de G.W. Bush, encaminará una y otra vez su política exterior por derroteros tortuosos. Doña Hillary Clinton es el primer paso. Si finalmente es así, la ciudadanía, absorta ante la convulsión moral -y sus previsibles consecuencias- que supone la presidencia de un negro, difícilmente podrá despertar a tiempo de la pesadilla de haber consentido la conversión del patriotismo en militarismo xenófobo y rapiñero para evitar terribles sufrimientos para algunos países. Pero incluso ante esa dura perspectiva, la población americana es afortunada comparada a la ibérica pues el imperio que sobre el resto de países ejercen los EUA, siendo brutal, no puede impedir respuesta. El imperio sobre la sociedad española de la oligarquía que se sitúa fuera de ella para legitimarse y fuera del Estado para irresponsabilizarse -el edén del tirano-, tampoco, obviamente, puede impedirla, pero sí acallarla hasta hacerla inaudible.

 

El imperativo apoliticista, que se ha concretado en el consenso político, en la esperpéntica polarización mediática y social, la burocratización nacionalista, la corrupción institucionalizada y la servidumbre voluntaria, va más allá de transmutar los sentimientos o los deseos en toscos valores sociales susceptibles de ser aprovechados por los mandamases; niega la posibilidad de que lo no sancionado por el poder pueda tener legitimación social. La sociedad se niega a sí misma en nombre del orden público. Finalmente, la prohibición de la Política ha traído, no podía ser de otra forma, el imperio de la mentira, de lo facticio. Nuestro presidente, rodeado todavía por quienes compartieron y ampararon la depravación del felipismo, promete, en plena campaña, ser intransigente con las corruptelas del Partido Popular.

Comentarios (2)
febrero 24, 2009     
Muy bueno, Óscar. Yo también creo que el sistema institucional de EUA no precisa severas reformas para posibilitar la respuesta ante ciertas taras o monstruosidades del poder. En este caso, como tu indicas, de un desaforado patriotismo de naturaleza belicista (que la vinculación entre patriotismo y guerra sea indisoluble ya es tema de mayor complejidad, aunque yo creo que no debemos dejar de explorarlo). Susan Sontag, a la que por otro lado, al menos yo, no tengo en mayor estima intelectual, tuvo sin embargo un hallazgo interesante: la "lujuria de la opinión pública norteamericana por los bombardeos en masa". La fórmula utilizada puede resultar en extremo obscena o exagerada, pero creo que apunta a lo imperioso, para la opinión pública -y creo que no solo la norteamericana- de las demostraciones de fuerza y poder, que no pocas veces agotan todo su contenido en su propia expresión y apariencia. Aquel periodista norteamericano tan brillante, Walter Lippman, -vilipendiado, según he leido, como "derechista", simplemente por ponerle peros a la "democracia"- tiene páginas muy brillantes relativas al impacto emocional que la guerra tiene entre la opinión pública, y señala que, si bien es extremadamente difícil convencer al pueblo de la necesidad de la guerra, una vez dado ese paso ya no hay marcha atrás: la victoria no es una opción, no es solo una necesidad vital: es la ineludible constricción a la que se ve sometido el que se ha lanzado a combatir. Y una vez que se ha entrado en combate, el pueblo no va a aceptar una resolución que no pueda convalidarse como victoria total.

Retomando el hilo inicial, el problema español es de naturaleza institucional: las instituciones, aquí, se han encerrado en un círculo vicioso en el que los males se reproducen como consecuencia necesaria; y tales instituciones impiden, al mismo tiempo, una salida de tan lamentable situación. Algo que en EUA, en cambio, sí es posible. Es la diferencia entre una democracia formal con separación de poderes y España.

Un abrazo fuerte a todos los repúblicos

Juan Sánchez
febrero 24, 2009     
Querido Juan:

Así es: los gobiernos imperiales, los del imperio exterior y los del imperio interior, crean una sociedad que siente la necesidad imperiosa de obedecer imperativos absurdos.

Parece mentira que la palabra “imperio” pueda estar relacionada con la raíz sánscrita que indica juventud. Lo primero que cae cuando las consecuencias históricas se convierten en principios morales, es la lozanía, la espontaneidad, que ese momento de la vida expresa.

Un abrazo.

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