Año II, n° 283, lunes 26 de julio de 2010
deslealtad institucional
Alejandro Pérez
  
Despidos

Celestino Corbacho (foto: RTVE)

El paro sigue creciendo imparable en nuestro país, y en poco tiempo alcanzaremos los cuatro millones de parados incluso con cifras “oficiales”. Los expedientes de regulación de empleo se suceden en las empresas, y cada vez afectan a más sectores. A los trabajadores por cuenta ajena o a los autónomos que pierden su actividad para ganarse la vida sólo les quedan unos meses de paro, y después un futuro bastante incierto.

 

Mientras tanto, los directivos y altos cargos de las entidades financieras (como AIG en EE.UU.1, o el Dresdner Bank en Alemania2), continúan cobrando primas millonarias, aún cuando sus empresas hayan sido rescatadas por los gobiernos con el dinero de los contribuyentes. Incluso cuando alguno de ellos es despedido, existen contratos blindados que les permiten cobrar jugosos finiquitos3, aunque sean responsables del hundimiento de la empresa. Al menos, en los países donde hay representatividad de la sociedad civil los políticos son capaces de reaccionar y atajar estas tropelías4.

 

En nuestra partitocracia española, los políticos continuarán en sus puestos de trabajo (aunque no acudan al hemiciclo) durante toda la legislatura para ganarse el sobresueldo, que compatibilizan con sus actividades privadas5 (en muchos casos su principal fuente de ingresos). Todo un ejemplo de austeridad para la sociedad civil que soporta la crisis (y a ellos).

 

Un aspecto fundamental de la Libertad política, además de la capacidad de elegir a los gobernantes que representen a los ciudadanos, es la de poder destituirlos. Cuando alguien se muestra incompetente para la actividad por la que fue seleccionado en una empresa, tendrá los días contados. Puede ser una causa de despido, y no tiene que llegar a agotarse la duración del contrato. En la República Constitucional, una democracia formal con mandato imperativo de los electores sobre sus representantes de distrito, aquél que no haga bien su trabajo como político podrá ser cesado de su puesto por los electores. Sin necesidad de primas millonarias ni de pensiones vitalicias. Sin tener que esperar a que termine la legislatura. De este modo, los diputados tendrían una mayor dedicación a su trabajo y hacia sus electores, y un menor apego a las actividades privadas en detrimento de su labor política.

Comentarios (2)
marzo 26, 2009     
Los políticos son (o parecen) rehenes de la Banca. Pero, en el imaginario colectivo, los partidos se erigen en defensores de la voluntad popular (así como de una ideología determinada). A pesar de que el control político de la ciudadanía sobre estos partidos (y el problema no es sólo español) se queda en un puro formulismo verbal ("ya tenéis el control por medio del voto: ésta es la grandeza de la democracia", repiten una y otra vez los demagogos), la gente no parece querer comprenderlo.

Repetir hasta la saciedad que vivimos en democracia o en libertad obtiene sus frutos. En parte porque todo se entremezcla: por ejemplo, la permisividad con ciertas tendencias sociales se mete en el mismo saco que el principio democrático de la separación de poderes (que además no existe en la práctica: en España no existe siquiera en el origen). Todo este batiburrillo dialéctico acaba calando en la mentalidad de muchos, y así defenderán con virulencia, que no vehemencia, su credo. Entonces te llamarán fascista, estalinista, reaccionario, rojo, saint-just, tirano, o a lo sumo purista, idealista, etc.

La filosofía del todos para uno, uno para todos, por otra parte, tan perversa, se ha asentado en el imaginario colectivo hasta el punto de que, si muestras las cartas de tus filias anarquistas, como es mi caso y no lo oculto, llegan a asociarte con los fascistas: "sois lo mismo, enemigos del pueblo". Si defiendes la república como la única forma aceptable de organización básica del poder entre los hombres, te llamarán "desestabilizador". Te alejarán como a un mal pensamiento, como a un moscardón, cada vez que les recuerdes que apoyan una oligarquía.

Para sentirse realmente libres (siempre en un sentido político) se divierten con el juego de oposición PSOE-PP, que les permite tomar partido y sentirse integrados, como perfectos hombres posmodernos y mediocres que son, en una colectividad donde esperan acrecentar su débil ego. La batalla dialéctica con el adversario les permite reafirmarse en su convicción de que existe libertad política: todo porque se les permite escoger entre una hiena y un chacal.

¿Pero cómo cambiarlo? Mil personas pueden pregonar la abstención, que mil medios harán campaña en favor de lo contrario. Creo que si el pueblo español (o ciudadanía, hoy mejor dicho) vale algo, antes o después tendrá que rebelarse en las calles, por medio de actos relativamente violentos, donde se expresa la legítima cólera popular, ¿o es que se quedarán de brazos cruzados, consintiendo que las oligarquías, en nombre de la democracia, les esquilmen?

No obstante, de momento no hay otra que hablar con la gente y, como los primeros apóstoles, predicar, pero en este caso la abstención, no un dios.
Querido Alejandro, en el editorial que saldrá esta noche, se relata la escandolosa suspension de la reunion de la UE sobre las medidas contra el desempleo, convocada como previa al G-20 de Londres, y conseguida con la brutalidad de Zarkozy y la dulce hipocresia de Merkel, porque sin tener nada que ofrecer, temían las consecuencias de su fracaso colectivo ante la proximidad de las elecciones europeas. Era de esperar que los medios españoles ocultaran la sumisa actitud de Zapatero. El tonto portugues, el de las Azores, ni siquiera sabe donde está ni para que es Presidente de la Comision europea.

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