Año II, n° 283, lunes 26 de julio de 2010
Mauricio Valdés
  

(Foto: belgianchocolate)

El término “cultura” tiene un sentido específico en el campo de la antropología: abarca la totalidad de la institución de la sociedad y de lo que distingue a ésta de la animalidad y la naturaleza. Su acepción común remite a las obras del espíritu (como dirían los franceses) y al acceso del individuo a ellas. Pero asistimos a la negación del sentido tradicional de cultura, a la que se representa como un conjunto de arduos e intimidatorios conocimientos tenidos por inútiles, y menos entretenidos que, por ejemplo -puestos a creer que cultura puede ser cualquier cosa-, las destrezas digitales que requiere “la cultura de los videojuegos”.

 

El Plan Bolonia, elaborado con el secretismo propio de los enjuagues oligárquicos, sigue y refuerza la tendencia a relegar en los planes de estudio materias como la historia y la geografía, el arte, la creación literaria y el pensamiento filosófico en beneficio de las disciplinas puramente tecnológicas. Habrá profesionales flexibles o maleables, cada vez más preparados para adaptarse a las presuntas necesidades del mercado, duchos en “cultura empresarial”, pero que ignorarán casi todo lo demás. Estos planes educativos, que no atienden a la capacidad intelectiva ni al bagaje de conocimientos de los alumnos, prometen, sin embargo, una rápida inserción laboral y una alta capacidad adquisitiva a los jóvenes mejor adiestrados o a los más competitivos. Todo ello, para disfrutar verdaderamente de la vida, aunque se tenga un horizonte vital muy limitado, a causa, precisamente, de las carencias culturales.

 

La juventud es una época de aprendizaje, el cual, como todo esfuerzo, será instintivamente evitado. Y si además se nada en un ambiente de hedonismo asociado al consumismo, el máximo disfrute de la vida que pregona la alicorta y machacona publicidad supondrá desentenderse de ella, para gozo de los “hombres públicos” que se aprovechan del aturdimiento juvenil. “Colocados” con pastillas y botellones y enganchados al móvil, los modelos de conducta que aparecen en los infames programas televisivos refuerzan el narcisismo y el exhibicionismo de unos desnortados jóvenes, ávidos de estúpida fama.

Comentarios (14)
marzo 23, 2009     
Bueno, estimado Valdés, yo pertenezco a esa estereotipada categoría de los "jóvenes" y no comulgo con la sociedad de consumo. Si no es desde la primavera de la juventud, no sé desde dónde se esparcirán las semillas del cambio. Quiero pensar (y perdóneseme el hablar en primera persona) que no soy una rara excepción, al menos no tan rara como generalmente se cree.

Dicho esto, comparto una vez más vuestros puntos de vista y subrayo vuestras críticas. La cultura no cambia debido a una simple deriva de la evolución (ya exista progreso o degeneración en una sociedad dada), sino, en gran parte, en base a los intereses creados. Si bien es cierto que, por ejemplo, un consumidor de telebasura, es plenamente dueño de sus actos, no lo es menos que la saturación de una oferta degradante responde al objetivo político de embrutecer a la ciudadanía, buscando abortar toda posibilidad de librepensamiento.

Este terrorismo intelectual depende, qué duda cabe, de los medios de producción: vivimos ya la era posindustrial. No obstante, dichos medios de producción podrían gestionarse de otro modo, en tanto que se protegiera el carácter individual del ciudadano (evitando fomentar esa cultura de consumo idónea para fabricar hombres-masa, esto es, seres unidimensionales y como tal, fácilmente controlables) y en tanto también que éste no se convirtiera en un esclavo de las nuevas tecnologías.

Si los adolescentes y veinteñaeros (grupo al que yo pertenezco) de hoy se desarrollan partiendo de un grado de dependencia más que notorio respecto a las mencionadas nuevas tecnologías, que llegan incluso a determinar muchos de sus hábitos de conducta, no podemos ni debemos cruzarnos de brazos refugiándonos en los lugares comunes de una cómoda transigencia e irresponsable tolerancia, toda vez que la cultura, hoy (entendiendo por hoy, la era que da comienzos hacia finales del XIX) se promociona y orienta más que nunca desde el poder político.

Al Gran Hermano (por emplear términos de Orwell, acertado visionario en todo excepto en la represión sexual que vaticinó: George, fue todo lo contrario), no le interesa sino una sociedad de espíritu bovino: logrando que una mayoría de individuos rijan sus conductas como si fuesen reses en el lento avance hacia el matadero (por despreocupadas, ignorantes) más fácilmente podrá fortalecer la creencia en la necesidad de la jerarquía, pilar en que se sostiene la oligarquía político-financiera del neo-capitalismo.

Bolonia, como bien denuncias, Mauricio, sacrifica en el altar de la productividad (sería largo de debatir cuál es el concepto de "productivo" en las mentes de estos sátrapas) todo amor o afán por el saber, pero el saber, el conocimiento, independiente de las meras prácticas especializadas destinadas a crear cientos de miles de oligofrénicos tecnológicos. Así, la Filosofía, ni más ni menos, sufre un jaque. Y otras disciplinas (como las Bellas Artes) un más que virtual jaque-mate.

Deberíamos debatir además, amigos, sobre las sutiles (más en los medios que en las formas) estrategias que tienen los oligarcas para satisfacer a esta masa productiva a la que, progresivamente, recortan derechos (y ojo, deberes), sin que sus integrantes parezcan o demuestren notarlo, al menos como conjunto. Tales estrategias impregnan, "invaden" es la palabra, nuestra cultura, posibilitando que la saciedad de ciertas aspiraciones cotidianas y necesidades fisiológicas mantengan las aguas tranquilas: esta saturación de oferta sexual (con una gran permisividad de las autoridades, y nadie vea un fondo de homofobia en mi comentario, porque tiro contra todo), que no vaticinó Orwell (acaso porque creyó antes en el triunfo de la represión estalinista que en el de la revolución del consumo) forma hoy parte, lo queramos o no, de nuestras vidas y se constituye como un poderosísimo instrumento de poder.

Me despido volviendo a la primera persona para jactarme de ser la única persona a la que conozco que no tiene ni usa ni quiere teléfono móvil.

Buenas noches desde la solitaria luna republicana.
Pues ya conoces a otra. Tampoco yo tengo telefono movil.
marzo 23, 2009     
Je je je, yo tampoco.
marzo 23, 2009     
Pues creo que el problema no está en tener o no tener móvil, sino en el uso que se haga de el.
marzo 23, 2009     
No tenemos móvil pero usamos internet, que tecnológicamente es mucho más avanzado.

El problema no es el móvil, es la TV, la radio, prensa, etc.

Yo no soy tan joven (lagrimita) y recuerdo que hace 15 o veinte años, cuando era un adolescente con granos, la gente joven casi no era tenida en cuenta en los medios, en la publicidad, etc. Eramos casi unos parias desterrados del "establishment", existía aún cierto espíritu de rebeldía, inconformismo, inquietud, transgresión, etc. Hoy día, esa juvenil rebeldía, inconformismo, etc, ha sido asimilada y domesticada por los medios, que presentan a la gente joven como una pandilla de niños idiotas e irresponsables, cuya única inquietud es...no se me ocurre ninguna, cualquier gilipollez a cual más gorda. De verdad que a veces veo algunos anuncios destinados a la gente joven y me producen una vergüenza y un cabreo considerable.

Como ejemplo, antes un punky era algo de lo que se asustaban las señoras y los niños pequeños, hoy día la ropa punk es "guay" y los niños pijos se visten de punky en El Corte Ingles.


marzo 23, 2009     
Me alegro de hallar por fin (si exceptúo a mi abuela) a más personas que sean capaces de prescindir de algunos de esos objetos totémicos de la sociedad de consumo. ¡Por supuesto! que el teléfono movil (con todas las ventajas que proporciona) no es un problema. ¡Por supuesto! que el problema es el uso que se hace de él. Pero el teléfono móvil, o mejor dicho, el acto religioso de poseer y ¡lucir! uno, desplaza a un segundo plano la inteligencia práctica y se convierte en el ejemplo (yo creo que paradigmático) de los actuale valores sociales: en 10 años se pasa de vivir sin necesidad de que te llamen al bolsillo a todas horas a no poder vivir sin esas constantes interrupciones.

En cuanto a la juventud "desnortada", como se la describe (seguro que en opinión de todos nosotros, con acierto) en el artículo, decir que una civilización de mercaderes (como en su día presagió Nietzsche) forzosamente potenciará (con la complicidad de los poderes públicos) los estereotipos, puesto que son éstos los que sostienen la compra-venta en masa. La consecuencia es la decadencia absoluta de valores (éticos, que no religiosos: como lógica deriva del vacío de la posmodernidad, aumentan los gurúes) común a todos los estratos sociales y grupos humanos (ya sean jóvenes o viejos), claro que esta decadencia resulta especialmente demoledora para las mentes de personas en formación.

Si aceptamos esto, asumiremos entonces (olvidando el cortijo del que evoluciona España, y centrándonos en la cultura europea en conjunto) que en las últimas décadas (conste que para decir esto, no es necesario haberlas vivido, basta estudiarlas) la raza ha degenerado. Los nihilistas frívolos de ayer dieron a los falsos progresistas de hoy y, a su vez, estos han engendrado las naranjas mecánicas del mañana. Todo en nombre del mercado.

En conclusión, que no existe un virus que, repentinamente, haga de la juventud un conjunto de seres apáticos y degenerados, sino que esto (si es que aceptamos que es así) no se consolida sino como el resultado de una larga labor (minuciosamente estudiada) de ingeniería socio-política.
marzo 23, 2009     
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Éste es, que yo sepa, el único diario donde se relaciona, sin temor ni medias tintas, al poder político con los usos y costumbres. El único espacio, donde, sin exculpar al ciudadano de turno de su responsabilidad individual, se señala a las estructuras y hombres de poder como responsables parciales de la creciente incultura.

Hemos aludido al móvil como icono de la sociedad de consumo. Se puede hablar de las drogas y el alcohol como muestra de la degeneración colectiva (puesto que en el famoso botellón se bebe en masa) de un grupo social. Y de los programas televisivos que promocionan la fama antes que la realización personal como resultado de la necesidad política de controlar las mentes de unos potenciales disidentes que son así reducidos (al tiempo que su espíritu anudado) con la cuerda de su propio ego.

Pero tenemos además que observar algo que, ya sea en el ocio (botellón), ya en el consumo (móvil, ¿no tienes, de qué planeta has caído?), ya en las aspiraciones (convertirse en una estrella posmoderna y que te aclame una jauría desesperada por abrazar un nuevo y fugaz ídolo), se nos ofrece como elemento común y hasta vertebrador: el delirio colectivo. Sí, sí, todo esto es fruto de la democracia social (que nada tiene que ver con la democracia, es decir, la democracia política). Como exaltados miembros de una secta, los jóvenes de mi generación (lo siento, muchachos) por lo general entran en trance (o lo que es lo mismo, rozan ese pájaro alado de la felicidad) cuando se sumergen en el mar revuelto de la masa.


¿Cómo sentirse realizado cuando el sistema es (de origen y en la práctica) una impostura? ¿Cómo SER cuando el hedor (como lamentaba Bukowski) nubla nuestros sentidos? El hombre-masa encuentra la solución contituyéndose como un simple eslabón más de la cadena. ¿O es que acaso es casual que, tras los movimientos políticos de masas, sobre todo los fascismos, el hombre moderno, y más aún cuando es joven, no haya abrazado otras causas que el consumo desaforado en medio de la marea de las grandes conglomeraciones humanas?

Preguntad, preguntad, a personas al azar, básicamente jóvenes, qué recuerdos de su vida se llevarían a una isla desierta, si arrasara su memoria una hecatombe: aquella fiesta de fin de curso, cuando me cogí un "pedo" que..., el concierto de... cuando me enrollé con... y lo hicimos entre luces de colores..., aquel día que el Real Mandril le metió quinto a... y le arranqué, al celerar el quinto, el peluquín al señor que tenía a mi derecha... Todo experiencias surgidas de un delirio colectivo.

Y, aun renegando del comunismo, ello no debe obligarnos a mordernos la lengua cuando pensamos (porque muchos lo pensamos) que, a la hora de fomentar el hombre-masa, inculto, despreocupado y consecuentemente sumiso, la sociedad del llamado libre-mercado (¿ha existido tal?), o lo que es lo mismo, la sociedad de consumo triunfante tras la II G. M., se lleva la palma.
marzo 23, 2009     
"Colocados con pastillas y botellones y enganchados al móvil, los modelos de conducta que aparecen en los infames programas televisivos refuerzan el narcisismo y el exhibicionismo de unos desnortados jóvenes, ávidos de estúpida fama"

El comentario anterior empezaba con estas palabras transcritas del artículo.
No tengo movil porque en mi tipo de vida profesional y familiar no lo necesito. Pero es indipensable para otras profesiones liberales, autonomos, medicos, periodistas, etc. Lo que es insoportable es el lamentable espectaculo de
andantes callejeros o comensales exhicionistas pegados a una oreja. Parecen robots marcianitos.
marzo 24, 2009     
Ya me gustaría entrar en la cofradía de los "sinmóviles" pero difícilmente mi novia y mi madre me lo permitirian.

Amigo estepario, no eres el único lobezno que aúlla por aquí. Agradezco tus extensos e interesantes comentarios (espero que escribas pronto artículos en este Diario). Es verdad que muchos jóvenes están inmersos hasta tal punto en "lo que se lleva" o en la moda, que ni siquiera advierten que la siguen, convencidos de que visten, escogen y se comportan de acuerdo con su personalidad, cuando sus hábitos y sus puntos de vista están inducidos por el mercado o la publicidad de éste.

El solapamiento de significados o llamar cultura a cosas que ni por asomo lo son tiene entre otras consencuencias la extensión de una ignorancia que crea "ciudadanos" maleables, y también mucho más irritables frente a un mundo que no acaban de entender, a pesar del dominio de la técnica y la destreza digital.

Saludos.
marzo 24, 2009     
Siento desviarme del artículo. Mi comentario anterior, se refiere a que no necesito el móvil en mi vida profesional y diaria. Por supuesto que el móvil es útil. Mi herramienta de contacto profesional principal, es Internet, nada más. Saludos.
marzo 24, 2009     
La cultura, sí señor, tiene que ver con todo lo relacionado con el mundo del espíritu; pero estos progres desnortados han acabado con ese mundo sagrado, sustituyéndolo por sus extravagancias y gilipolleces.
marzo 24, 2009     
Pues yo desde mi Blackberry Bold puedo seguir diariamente Diariorc, leer a Mcoy, recibir los boletines de Europapres,..... En absoluto reniego de la tecnologia (disculpas por las tildes pero los canadienses ya se sabe..), dispongo lo que me interesa y descarto lo que me parece inutil.
Pero Frouxeira, nadie ha despreciado aquí la tecnologia, ni mucho menos internet.

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