En el idioma francés hacen una distinción, de la que carece el español, entre savant (el hombre de ciencia o el que sabe mucho sobre algo) y sage (el que ha alcanzado la sabiduría o una especie de armonía mental y moral, no sólo a través del pensamiento sino también de la acción, ya que, como decía un filósofo chino, si los que no saben hablan y lo que hablan no saben, el verdadero sabio enseña con sus actos). Siendo imprescindible para la sabiduría dominar muchos saberes, el saber del especialista no conduce necesariamente a una sabiduría que, por su constante cuestionamiento de lo que le rodea, está destinada a ser relegada o mantenida a distancia por el Poder.
En la propia Atenas los juicios por impiedad constituían la vía principal para poner bajo sospecha y deshacerse de los intelectuales “indeseables”: Anaxágoras tuvo que huir de Atenas para salvar su vida, a pesar de su amistad con Pericles. Aunque, lo más corriente en la antigüedad, era acusar a los sabios de magos que mantenían pactos con fuerzas demoníacas; más tarde, fueron tachados de herejes. Un hombre de talento casi nunca es bien visto en las sociedades, puesto que su inclinación a la crítica no para de granjearle enemigos. Ve más cosas que los demás y las discierne mejor, mientras que los que profesan una arrogante ignorancia quisieran que todo el linaje humano se sepultara en el olvido en que ellos se han de sumir.
La filosofía comenzó por llamarse “alétheia”, que significa desvelamiento; su principal aspiración, por tanto, consistía en ir de lo oscuro a lo claro, con un insaciable apetito de transparencia, tratando de traer a la superficie
lo oculto o de descubrir lo vedado. Ahora, la causa de la elevación mundana de los filósofos estriba en correr velos y hacer más espesa la confusión, es decir, en su propia degradación. No obstante, Aristóteles, en contra las pretensiones de Platón, advertía sobre el peligro de permitir que los filósofos tuvieran una intervención decisiva en los asuntos políticos. A los hombres que apenas han de preocuparse por “lo que es bueno para ellos mismos”, no se les puede confiar lo que sea bueno para los demás, y menos que nada, el “bien común”. Se es prudente no sólo por saber, sino además por ser capaz de actuar, y ya sabemos que la prudencia es la más alta virtud política.
Respecto a un mero escritor, lo que distingue a un pensador es que éste sólo coge la pluma cuando tiene algo que decir. Por eso, a los que reconocemos la inteligencia institucional de la democracia, a los que estamos, en definitiva, dominados por la pasión de la Libertad política, nos alegra profundamente que Antonio García-Trevijano haya escrito la “Teoría Pura de la República”.