Año II, n° 289, lunes 6 de septiembre de 2010
deslealtad institucional
Mauricio Valdés
  
Contra la democracia

Baltasar Garzón (foto: silencio)

El trasvase de jueces, fiscales o secretarios judiciales de un compartimento estatal a otro (el ex ministro de Justicia, Juan Alberto Belloch, la vicepresidenta Fernández de la Vega o Bermejo -el cazador cazado-, por ceñirnos al PSOE) acrecienta la confusión de poderes en el Estado y menoscaba la independencia de la función judicial.

 

La inamovilidad de los jueces fue una conquista de la civilización. Gracias a ella, los magistrados con un carácter firme y virtuoso tenían la posibilidad de resistir, sin temor a ser removidos, las acometidas, presiones y amenazas que pretendían subordinar sus resoluciones a las voluntades y secretos del poder y a los intereses particulares. En las últimas décadas, hemos comprobado cómo pueden ser desplazados los jueces que investigan la corrupción oligárquica.

 

A Javier Gómez de Liaño, poner en tela de juicio la conducta mercantil del magnate mediático más influyente, le supuso ser expulsado de la carrera judicial. A Baltasar Garzón, cuando estaba intentando despejar la incógnita del terrorismo de Estado, bastó con seducirlo desde la esfera del poder político, prometiéndole un ministerio a la medida de su ambición. Ya lo decía La Boëtie: “antes de dejarse subyugar, a los hombres les ocurre una de estas dos cosas. O son coaccionados o burlados”.

 

Los jueces díscolos se exponen a las represalias, y los más sumisos a los designios de los partidos estatales serán tentados con ascender a la cúpula judicial. Si la causa de las costumbres inmorales procede de la impunidad de los delitos antes que de la moderación de las penas, el vasallaje de los magistrados del CGPJ, el TS y el TC a los señoríos políticos, es una permanente invitación a la rapacidad de los comisionistas orgánicos y al abuso de los gobernantes.

 

Alfonso Guerra, uno de los más groseros falsarios del Régimen, dio por muerto a quien jamás, con su pensamiento, tuvo la ocasión de echar frutos en España, aquel que consideraba una experiencia eterna que todo hombre con poder tiene la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentre límites; y que para evitarlo es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder.

Comentarios (3)
febrero 25, 2009     
Enhorabuena Mauricio: descripción fría, sencilla, honesta, perfectamente entendible incluso para los no iniciados en la materia. En EE UU los magistrados del Tribunal Supremo son nombrados por el presidente, aunque el Legislativo tiene derecho de veto. Probablemente antes de llegar a ese extremo se produce la negociación correspondiente. Lo importante es que en EEUU los miembros del Supremo son vitalicios, lo cual, en efecto, se ha pensado para salvaguardarlos de las acometidas y presiones del poder político. Sin embargo, un politólogo digno de consideración como Robert A. Dahl -bautizó el sistema norteamericano como "poliarquía"- sostiene que un cargo vitalicio no es de carácter democrático. Y aquí me encuentro entre dos aguas -y es un tema que te propongo para que lo discutamos-, pues en rigor teórico lo que Dahl dice me parece indiscutible; pero al mismo tiempo, ese caracter no democrático dado por la inamovilidad parece la única manera de resistir la intromisión de los poderes ejecutivo y legislativo en el judicial. No encuentro conciliación fácil de estos dos principios contrapuestos.

Tú, D. Antonio y los demás seguro que tienen algo que decir al respecto

Un abrazo fuerte y gracias por tu esfuerzo

Juan Sánchez
Conozco muy bien, desde hace mucho, la obra de R. Dahl. Su analisis es honesto y profundo. Pero la inovacion de llamar poliarquia al sistema politico EEUU me parece más semantica que real. Una poliarquía no es diferente de la oligarquía clásica, pues no es la cantidad de centros de poder la que la califica. Siempre son pocos y distintos de los creados separadamente por sufragio universal. Es cierto que la eleccion del Tribunal Supremo no es directa, y eso impide que su independencia este garantizada institucionalmente. Esa funcion la cumple alli la tradicion de independencia judicial y el carácter vitalicio de los nombramientos. Por eso no puede servir de modelo para Europa. Incluso en los Estado de Partido con Autonomias, prefiero seguir hablando de oligarquía, Pues los poderes regionales son los mimos que los nacionales, y el elector no decide su representaión ni su gobierno.
febrero 25, 2009     
Estimado Juan: el sufragio universal, la inamovilidad de los jueces o la representación política son conquistas anteriores a la democracia. El carácter reaccionario del Estado de partidos ha destruido cualquier atisbo de representación política, que era algo propio de los regímenes parlamentarios, y como tú señalas y desarrollas en tus artículos, ya no tiene sentido asociar el parlamantarismo a la partidocracia. Pues bien, respecto a la inamovilidad de los jueces, este régimen que lo corrompe todo, también puede neutralizar ese mecanismo de defensa judicial, prometiendo a los jueces que se destaquen, un puesto en la cúpula judicial o un cargo político. A Garzón, presa de la vanidad más insana, el tontiastuto González le ofreció un superministerio.

En cuanto al carácter vitalicio de los miembros del TS en EEUU es algo ciertamente discutible, que, como el resto del sistema judicial que impera allá, no tiene que transplantarse a España, puesto que la teoría de la República Constitucional resuelve bien el problema de la independencia judicial y su garantía institucional.

Un abrazo.


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