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Año II, n° 289, lunes 6 de septiembre de 2010
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La confesión
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Miquel Roca i Junyent, uno de los “padres” de la constitución, tras conocer el fallo de la Sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut, aseguró públicamente que con dicha resolución el proyecto común del 78 se ha agotado y que el constitucional lo ha enterrado. “El pacto constituyente, el espíritu de la transición ha sido finiquitado; ahora toca rehacer el pacto”, dijo.
En un artículo que publicó en el diario catalán “La Vanguardia”, Roca valora el fallo del TC como una solución a medias, que no resuelve nada y lo reabre todo. “Si algo pone de manifiesto es que habrá de que reconsiderarse el pacto constituyente y definir nuevas bases para la convivencia en España”, insistió. En el artículo advierte que las consecuencias del veredicto no sólo afectarán a Cataluña y opina que lo ocurrido no es una decisión que deba ser leída desde esa región, sino que “Es toda España la que redescubre que tiene la necesidad de volver a definir nuevos pactos, nuevos enfoques, nuevos encajes.”. Se lamenta ahora de que el pacto que hizo posible el texto del 78, los acuerdos y el “espíritu de consenso” que la animó, “no podían imaginarse que, en una línea de desarrollo constitucional, se interpreten ahora como el Tribunal ha proclamado; esto no estaba previsto, porque se había contemplado todo menos volver atrás”. Sin embargo el ex secretario general de Convergencia Democrática de Catalunya (CDC) también aseguró que seguirá creyendo en la constitución actual, porque el largo viaje que se ha hecho conjuntamente le impide ser “desleal” (sic.). No obstante reconoce que a partir de ahora le costará hallar argumentos para convencer a los que se sienten marginados de su amparo.
Que no se preocupe el Sr. Roca, ya que desleal ya lo fueron todos estos “padres de la constitución” en el momento de acordar la remodelación del régimen dictatorial transmutándolo en esta oligarquía apátrida de partidos. Los que cambiaron de régimen sin bajarse del coche oficial, a la causa que los elevó antaño, y los opositores, a las expectativas democráticas en ellos depositadas.
Todos ellos deben desaparecer de la vida pública. La confesión de Roca subraya su inhabilitación en su integridad, así como la imposibilidad de cualquier reforma. Lo mismo se puede predicar de los partidos del régimen. El gobernante debe salir de la política al ver fracasado el texto de un Estatut cuya íntegra constitucionalidad avaló, y el de la oposición por ver rechazadas la mayoría de sus objeciones. Es el momento de la ruptura, de una vez por todas, y de la alternativa democrática.
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Pedro M. González
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Justicia mantenida
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Mientras la Justicia no pueda disponer de su propio presupuesto, el llamado tradicionalmente Poder Judicial será la mantenida de los otros dos poderes clásicos. Y sin independencia económica, tras cualquier pomposa declaración de su separación se esconderá una mera división funcional o departamental de un único ejercicio de la autoridad estatal. Si en cualquier régimen parlamentario esto es así por la mera dependencia de la elaboración presupuestaria por el ejecutivo y posterior aprobación por un legislativo que a su vez eligió a aquél, en España, el Estado de las autonomías multiplica esos lazos de subordinación económica.
Reunidos en Valencia los once Consejeros de Justicia de las comunidades con la competencia transferida, han llegado a un acuerdo sobre la postura común a mantener frente al Ministerio de Caamaño en el orden material del mantenimiento de tal atribución delegada. Las CCAA además de su tradicional reclamación de más medios materiales, interesan la creación de lo que denominan “juzgados de adscripción territorial”, auténticos órganos colegiados con competencia en una pluralidad de órdenes jurisdiccionales (penal, civil, social…) atribuida por razón de la ubicación de la litis, frente a la tradicional organización competencial objetiva por razón de la materia, excusando para ello la racionalidad económica del mantenimiento de la Oficina Judicial.
Ello supondría la atomización del principio de unidad jurisdiccional y comprometería el de igualdad ante la Ley, una vez más basándose en razones de orden económico. Otro ejemplo más de cómo la separación de la facultad judicial de las restantes, además del aseguramiento de instituciones que la garanticen funcional y organizativamente, que por supuesto, precisa también de medios económicos propios ajenos a decisiones políticas. Tal independencia económica, sólo se puede alcanzar si un Consejo de Justicia elegido por y entre todos los operadores jurídicos elabora su presupuesto, sometido tan sólo a aprobación ulterior de una comisión mixta de la Asamblea, nombrada por el Consejo de Legislación, y el Ejecutivo en equilibrio numérico de delegados, que de rechazarlo lo devolverían para su modificación y nueva presentación evitando así la preponderancia de un poder sobre los otros.
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Pedro M. González
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Espiritualismo soberanista
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Que unos cuantos concejales del Partido Popular apoyen en pueblos como Inca o Felanitx las consultas independentistas sobre “el derecho a decidir del pueblo de las Islas Baleares en colaboración con los territorios de los Países Catalanes” puede dejar a más de uno sumido en la perplejidad o en la sospecha de que el esperpento es nuestra seña de identidad por antonomasia. Sin embargo, no resulta incoherente que los herederos del nacionalismo español franquista adolezcan de los mismos delirios de grandeza autodeterminista que el resto de nacionalismos ibéricos. Aunque los españoles, remedando la arbitraria cursilería de un Carod-Rovira o un Laporta, expresaran su incomodidad de serlo, tampoco tendrían, en su conjunto, un derecho de autodeterminación, ya que tal cosa, fuera del ámbito teológico, es un contradiós jurídico e histórico. La determinación precede al derecho que la codifica, siendo éste el reconocimiento oficial de un hecho; y el derecho no es nada sin un aparato capaz de obligar a respetar las normas de aquél. Resulta, por tanto, absurdo abordar la autodeterminación como un acto de autosuficiencia que presupone una potencia que impone su fuerza determinativa a otra, y que en realidad no se tiene: la de constituirse en Estado nacional independiente.
Así pues, el derecho de autodeterminación es un oxímoron, salvo que se predique de la única entidad capaz de ser “causa sui”, causa de sí mismo: Dios. Por cierto, Sabino Arana, una vez recobrada la pureza original que estaba siendo mancillada por un pueblo inferior, vislumbraba un Estado vasco teocrático, donde la fe católica sería la ley fundamental (Dios y ley vieja): aquí no estamos hablando de la concepción del origen divino de la ley, sino de la del origen nacional de la ley divina. Como una sustancia infinita que se determina a sí misma la esencia de la idiosincrasia nacional sólo puede estar a salvo en el seno de la autonomía cultural, pero en estos tiempos de internacionalización tal encapsulamiento sería tan irrealizable como la autarquía en el plano económico. No se puede renunciar a las importaciones ni impedir la asimilación de la cultura universal.
Pero los mitos de salvación nacional y los ineluctables destinos fundados en comunidades de carácter o “ese conjunto de cualidades físicas y morales que distingue a una nación de otra” (Bauer) siguen embriagando a los que anhelan habitar los paraísos en la tierra donde se incuban los huevos de la serpiente. Si Marx veía en la religión un alma suplementaria para un mundo sin alma, en España el nacionalismo es el espiritualismo que se practica en un mundo político desalmado, es decir, sin verdadera democracia.
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Rafael Serrano
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Las duras vacaciones de la familia real
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En plena crisis económica y con la sensibilidad social –sea lo que sea tal cosa- que les caracteriza, los miembros de la familia real han acortado su estancia veraniega en la isla donde son tan bien recibidos y agasajados: recordamos el Bribón, aquel detalle que tuvieron algunos empresarios mallorquines. A esto hay que añadir los “roces” que impiden que la familia permanezca unida; y es que, según cuentan los correveidiles de la prensa cortesana, doña Leticia no gusta de la navegación a la que tan aficionados son los Borbones ni de la compañía de sus cuñadas, cuya rancia estirpe admite difícilmente la presencia de una advenediza. Además, a la ex locutora le incomoda especialmente la falta de intimidad que padecen en Mallorca, siempre con una nube de fotógrafos a sus espaldas. Así pues, los príncipes de Asturias han cogido a sus niñas y han tomado las de Villadiego.
El derecho a la intimidad procede de la mentalidad burguesa, puesto que durante el Ancien Régime no existía tal noción. Era deber aristocrático mostrarse en público como expresión visible de la jerarquía social. La persona del Rey, siendo la personificación del Estado, era rodeada de un estricto ceremonial. Todas las ocasiones trascendentales debían ser de público dominio: asistencia de testigos a la consumación del matrimonio, el parto en presencia de una Corte que también asistía a los postreros momentos del monarca. Marquesas como la de Châtelet, no sentían vergüenza de que sus doncellas las viesen desnudas, porque éstas eran para ellas, invisibles. Hasta las amantes regias eran admitidas en los mejores círculos, y las que lograban mantener una relación estable alcanzaron el rango de maitresses in titre (amantes titulares). Madame de Pompadour denominó una época y un estilo artístico.
En fin, los tiempos han aburguesado las cosas y las casas reales, y salvo casos excepcionales, como el del humorista palaciego, Alfonso Ussía, o el del místico Ansón que apela al “sufragio de los siglos”, ya no hay monárquicos con las insondables convicciones dinásticas de antaño. Lo que predomina es el oportunismo, y para ello, la mayestática operación de propaganda del 23-F llenó el escenario político de juancarlistas biempensantes.
A la postre, el rey no ha podido gozar de sus breves vacaciones ya que sus buenos oficios en la política exterior del Reino han sido precisos para calmar a su primo Mohamed y solicitarle que deje de incordiar en la frontera sur. Respecto a la política interior desconocemos si don Juan Carlos sigue pensando que Zapatero “sabe muy bien a dónde va”.
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Rafael Serrano
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Korea war (foto: US Army Korea, IMCOM)
La lógica antiterrorista de la guerra de Irak ha sido suficientemente desacreditada, y salvo recalcitrantes belicistas como Aznar, los impulsores de aquélla se rinden a la evidencia de la impostura de su justificación. Sin embargo, en Afganistán –en cuya “misión de paz” siguen muriendo militares españoles- persiste el convencimiento de la necesidad que se tuvo de abrir las hostilidades para eliminar a los talibanes, y ahora, de mantenerlos a raya con el fin de que no vuelvan a proyectar su sombra protectora sobre Al Qaeda y su espectral líder.
La expresión “lógica de guerra” ha hecho fortuna en la clase dirigente porque, usada como idea autónoma, hace creer que el fenómeno bélico se desarrolla por sí mismo, incluso contra la voluntad de sus patrocinadores, arrastrados por la lógica
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de los acontecimientos. La idea del fatalismo histórico de las guerras dominó el pensamiento de los tratadistas hasta que el movimiento pacifista trató de evitarlas haciendo recaer sobre los gobernantes la responsabilidad de las mismas. Para ello creyó necesario sustituir las teorías sociológicas o las distintas lógicas explicativas de la guerra como fenómeno colectivo de los pueblos, por las teorías psicológicas basadas en la ambición o la gloria de los dirigentes que la declaran.
Pero una teoría científica no es mejor que otra por el hecho de que parezca más útil para hacer responsables del curso de los acontecimientos colectivos a los hombres de poder. Sobre todo cuando no todas las explicaciones sociológicas suponen la inevitabilidad de las guerras, y ... continúa ...
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Rafael Serrano
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