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Año II, n° 289, lunes 6 de septiembre de 2010
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Turner y el agua
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Durante el siglo XIX los grandes maestros franceses emprendieron la valoración de los tesoros que contiene el Museo del Prado. Vermeer entró en el santuario del arte a raíz de su descubrimiento por la crítica decimonónica francesa –Gautier, Goncourt, Thoré-Bürger, etc.- y especialmente por la pluma de Marcel Proust, que convirtió a Swann en un estudioso de la obra del artista holandés. Y la maestría de Turner, de quien podremos ver una exposición en el Prado dentro de unas semanas, fue considerada en primer lugar por Monet en 1870.
El artista entresaca de las sombras del devenir una parte de la realidad para ponerla bajo la luz de su creación. Si el rechazo de lo real es absoluto, su obra devendrá puro formalismo, y si reproduce o exalta la realidad tal como es, caerá en el realismo más chato. Los grandes pintores de paisajes no los pintan, sino que los recrean o incluso inventan, según su forma de verlos o de escoger un cristal para mirarlos: a lo largo del siglo XVIII algunos ingleses, en sus viajes por Italia, adquirían un cristal de color ámbar dorado para distinguir paisajes de Claudio de Lorena.
En el fluir perpetuo del devenir el propio Heráclito establecía un límite simbolizado por la diosa de la mesura, Némesis, fatal para los desmesurados. Pues bien, la mirada acuática de Turner domina tanto la violencia del oleaje, el vértigo de los acantilados y la infinita incertidumbre del océano como la serenidad y el amable rumor de las aguas.
También encontramos en este pintor una premonitoria visión de la contaminación que amenaza a la naturaleza: el Támesis es un río dañado por la polución y Londres está cubierto por unas nubes plomizas que parece que van a descargar una lluvia venenosa; asimismo, la podredumbre de la laguna veneciana -a la que se acercó Turner atraído por la fuerza del mito de una ciudad ideal-, anuncia la plaga de la muerte: la disolución de sus acuarelas y óleos está en consonancia con el mundo en descomposición que observa.
No está muy lejos el imperio de la abstracción pictórica, la desaparición de la figura y el cuadro en la Historia del Arte. La confusión actual que acepta el estéril nominalismo de llamar arte a “a todo lo que llamamos arte”. Una sociedad de consumo sumida plácidamente en la insignificancia más estólida que corre tras las baratijas que ponen de moda los críticos al servicio de la industria cultural, y con las que trafican los mercaderes del arte contemporáneo.
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Rafael Serrano
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Carta a Pablo Sebastián
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Estimado Sr. Sebastián:
Quedé muy ilusionado cuando le vi reaparecer bajo el estandarte de La República, tras el abandono de La Estrella Digital. Pensé entonces que usted sería amigo por fin de los postulados de la República Constitucional y que habría tomado buena nota de la esencia partidocrática tras las jugarretas y enredos acaecidos en los bastidores digitales de su querida Estrella. Sin embargo, mi ilusión quedó pronto extinguida tras leer el manifiesto fundacional de su nuevo diario digital. A pesar de que en él apuesta por una República Presidencialista como nosotros, la principal virtud de esta forma institucional de Estado queda subvertida, ya que no se ve acompañada de la abolición del sistema proporcional de listas de partido. Pues piénselo por un momento y acuérdese del principio de la separación de poderes y de la advertencia de Max Weber sobre el caudillismo. Qué sería de un Presidente electo que no puede ser controlado por el parlamento debido a su potestad partidista para elegir en una lista a los candidatos futuros integrantes del mismo. Pues la dinámica actual en la conformación de candidaturas no se vería alterada y el jefe de partido sería el candidato a presidente y el último hacedor de listas. Si se diese el caso, hartamente probable, de que el partido del Presidente saliera elegido como la fuerza mayoritaria en el parlamento, a la actual incapacidad de control por el mismo, se le sumaría la potencia de la figura presidencial que además abusaría de la iniciativa legislativa.
Nosotros, los repúblicos, sabemos que sin separación real de poderes no existe democracia y que el sistema proporcional desplaza la polaridad de la lealtad electoral hacia la obediencia perruna al jefe de partido en perjuicio de la lealtad debida al ciudadano elector. Así pues, se hace necesario que el Presidente de la República esté controlado por un parlamento conformado por el sistema mayoritario unipersonal en distritos pequeños para que el elector a través del mandato imperativo pueda controlar la potencia estatal encarnada en los designios del Presidente de la República. Lo que es todavía más llamativo, es que, con el sistema proporcional, la presión nacionalista a través del partido bisagra quedaría intacta, mermando la cualidad unificadora de la figura presidencial.
Desearía por último, que estos pensamientos pudieran ser de su interés ya que la República española no puede permitirse cometer ningún error más, ni repetir el pasado, ni ser una componenda de ambiciones, ni la salida en falso a una situación insostenible.
Atentamente,
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David Serquera
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República (foto: Hector Milla)
Don Miguel de Cervantes Saavedra, el llamado 'manco de Lepanto', que nunca lo fue porque no sufrió amputación alguna y continuó en el Ejército después de aquella feroz batalla, ha sido ahora convertido en tetrapléjico por esa institución que osa llevar su nombre y la defensa de una lengua que no respeta. Don Miguel ha tenido que ver desde su tumba la actuación más oprobiosa, más cobarde, más repugnante, de aquellos que, supuestamente desde la esfera de la Cultura, dicen respetar el idioma y han pisoteado la calidad más relevante de la palabra: la libertad.
Si los españoles estamos soportando desde hace muchos años una oligarquía alumbrada por los mismos que sostuvieron la dictadura franquista, con el apoyo de 'demócratas' advenedizos que pronto se encargaron de frustrar la ilusión que generaron en 1982, ahora hemos visto una vez más lo que significamos para el poder y su esclavizado entourage. Este corrupto sistema, perfumado con falsos aromas progresistas, no sólo nos pisotea como ciudadanos política y económicamente, también nos maltrata psicológicamente y, ahora, suma a todo ello esputos sobre nuestra dignidad.
El Instituto Cervantes y su directora, Carmen Cafarell Serra, han demostrado que están muy lejos del instinto libertario de Don Quijote de La Mancha, han puesto de manifiesto que no tienen nada del ingenio del hidalgo caballero y ni siquiera la picaresca rústica del Lazarillo de Tormes. Practican continuamente, eso sí, la burda genuflexión ante una clase política que da verdadero asco. La lengua es la más fuerte seña de identidad de un país, la que merece el respeto más absoluto y la que, ligada indisolublemente al pensamiento, conforma relevantes estructuras donde se apoya la convivencia ciudadana. En el momento en que escribo estas letras, debería estar abandonando su despacho la señora Cafarell, después de haber sido instigadora y cómplice
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de una de las actuaciones más repugnantes del poder desde la Transición. Una vez más se demuestra sin posible contestación que esto no es más que una oligocracia. Y además, torpe en sus actuaciones y falta de inteligencia.
El día 19 de Junio, a instancias del Instituto Cervantes, se creó 'El día E'. El Día de la Lengua Española. Se instó a los ciudadanos a que votaran su palabra preferida. Y los votantes eligieron REPÚBLICA. Rápidamente, las voluntades represoras y fascistas decidieron cortar por lo sano y sin miramientos para abortar la decisión que había quedado sobre la mesa. El Instituto habló primero, con supino primitivismo y puerilidad, de “sabotaje” y luego de problemas informáticos no identificados, con el único objeto de ganar tiempo para quitarse la soga que sus directivos se habían puesto al cuello por cobardes.
No ha podido ser más rastrera la solución dada. En un ejercicio digno de los más experimentados trileros, después de un 'conveniente' silencio, han barajado las palabras y reducido su número drásticamente, de tal manera que la más votada, REPÚBLICA, ha quedado como la última, y LIMÓN, que llegó a tener más de 4.000 votos ha desaparecido. Así ha acabando esta demente patraña: ARREBAÑAR (1.744 votos), GAMUSINO (1.670), INFINITO (1.497), TRAGALDABAS (1.453) y REPÚBLICA (1.432).
Para mi, El Día de La Lengua Española no ha sido motivo de alegría y afecto cultural. Sensu contrario, ha constituido una alarmante demostración de que las cosas no pueden seguir así. La clase política desprecia a los exprimidos ciudadanos. Y, en nombre de la Lengua, esos impresentables han vuelto a cortar la nuestra. Así que, Cervantes, tetrapléjico. Y nosotros, mudos. El país perfecto para la ignominia.
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Jorge Batista Prats
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Cuando lo vemos negro
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Con su enorme capacidad de asimilación, el cine, aparte de alimentarse vorazmente del resto de manifestaciones artísticas (novela, teatro, pintura, escultura, danza, música, arquitectura), es capaz de engullir materiales tan baratos como la pulpa con que estaban impresas las revistas donde escribían sus relatos llenos de diálogos y de acción, y sin la menor pizca de retórica o sin apenas adjetivos y adverbios, Hammet, Cain o W. R. Burnett, entre otros, durante los años veinte y treinta. Y es que antes de que la radio y la televisión irrumpieran en todos los hogares, la lectura de la pulp fiction era uno de los entretenimientos más populares. De esas páginas amarillentas proceden los estilemas y arquetipos propios del género literario en el que se inspiraría el cine negro del Hollywood clásico.
El autor de la seminal “El halcón maltés” (1941) y de la configuración icónica de Bogart nos ofreció también en “Fat city” uno de los más acabados retratos del “loser”: ese mítico personaje de la cultura norteamericana. Frente al idealismo triunfante que desprendían James Stewart, Gary Cooper o Katharine Hepburn, actores como James Cagney, Dana Andrews, Gloria Grahame o Edward G, Robinson fueron los rostros de los parados, los ex combatientes o simplemente de la gente sin suerte que representaba la decepción o la otra cara de la moneda del sueño americano.
Por su descarnada descripción de los cambios sociales que se estaban produciendo en las grandes ciudades de EEUU, el cine negro tiene algo de neorrealismo italiano, aunque aquel incide en las sombras (con un estilo que lo acerca al expresionismo alemán) que proyecta el crimen organizado que se ha hecho cargo de los negocios prohibidos por la ley pero amparados por ciertos “servidores públicos”.
Además de los gángsters y los detectives privados, las femmes fatales llenan las pantallas del cine negro, con sus sonrisas irónicas y sus besos mortales. Denis de Rougemont, un historiador que ha estudiado la evolución del concepto y la imagen del amor desde Tristán e Isolda, mantiene la tesis de la “agonía romántica” o del deseo de muerte que late en el impulso amoroso. El moderno pesimismo de la novela y el cine negros (con cierto aire a desencanto existencialista) hace que veamos la plenitud sentimental como un proyecto sin esperanza. Pavese decía que “el amor es la más barata de las religiones”, pero los personajes de Fuller, Hawks, Dassin, Huston, Lang, Preminger, Siodmak, Tourneur o Nicholas Ray, con su escepticismo a cuestas, siguen creyendo en el milagro amoroso, y como en el célebre lienzo de Edward Hopper, “Nighthawks”, son aves nocturnas que se citan en un local vacío para
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Rafael Serrano
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José Bono (foto: Chesi - Fotos CC)
Un régimen político oligárquico, que descansa sobre una propaganda democrática, un régimen fundado por un club cerrado integrado por los llamados “padres de la Constitución”, un régimen al cual la ciudadanía ha sido invitada para la miserable función meramente especular de refrendar una decisión previamente pactada por los socios fundadores, no puede más que convertir en simulacro toda escenificación de vida pública. Si la democracia, como conjunto de reglas para el establecimiento, deposición y sustitución de gobernantes y representantes políticos necesita la transparencia como axioma de su funcionamiento, la oligocracia depende, para su subsistencia, de las oscuras transacciones del consenso entre facciones que comparten un poder indiviso que deben disfrutar en régimen de mancomunidad. La inevitable torpeza de toda construcción propagandística hace imposible encontrar lucidez alguna en los propagadores de la ideología legitimadora de un régimen que vive de la mentira; más frecuente es encontrar la más barata demagogia. Pero no es habitual que conspicuos prohombres de Estado prescindan de todo disimulo: o bien se debe a un extraño arrebato de sinceridad o bien a una indisimulada falta de inteligencia. El contenido del torpe elogio que José Bono dedica al juez Baltasar Garzón (EL PAÍS, 16 de mayo, “Garzón, un hombre decente”) hace sospechar lo segundo. Para terminar de disipar cualquier duda acerca de la evidencia de que lo público ha sido invadido sin recato por lo privado, que usurpatoriamente se ha puesto en su lugar, sirvan estas candorosas expresiones de quien firma como Presidente del Congreso de los Diputados:
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Al acabar llamé a Felipe González y le conté la cena. Me impulsó a que te tantease: "¿Vendría a las elecciones con nosotros?" Acabamos en los Quintos de Mora y a los pocos días el Comité Federal del PSOE -por unanimidad, que algunos olvidan- te propusieron como número dos de nuestras candidaturas por Madrid, justo detrás de Felipe. Asumimos que la llegada de un juez prestigioso a nuestras filas obraría el milagro. Así fue. Ganamos las elecciones y algo debiste influir en ello. (…) Luego te incomodaste. Razones tenías, pero la verdad es que eres un poco enfadica. Recuerdo las llamadas a deshora de Felipe: "¡Ve a ver a Garzón!". Ya no había remedio: tu personalidad indómita había chocado con un modo de hacer política muy de Felipe. Nos peleamos bien peleados y, desde luego, yo me quedé con Felipe y con el PSOE. Tú te fuiste con un sonoro portazo que hizo felices a bastantes de los que hoy te quieren meter preso. Lo que hiciste con nosotros fue muy duro. (…) Te fuiste al Juzgado y empezaste a darnos cera. No sé hasta qué punto el cambio de escenario pudo perjudicarte. Tu fugaz paso por la política sin duda te ha marcado. Después vendría el Gal... y el PSOE en la diana.
Nótese bien la magnitud y el calibre del dislate: se empieza por reconocer que la inclusión de Garzón en las listas del Partido Socialista se debe a una decisión personal de Felipe González, se prosigue encareciendo la unanimidad con la que su presencia en la lista electoral fue refrendada por el órgano competente del Partido (¿cómo podría ser de otra manera para una decisión urdida exclusivamente con fines ... continúa ...
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Juan Sánchez
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