Año II, n° 289, lunes 6 de septiembre de 2010
La mentira política: lugar del paradigma falsario

Convertida en paradigma político la mentira no es un sustituto de la violencia, como mantiene Arendt, ni el contrario metafísico de la verdad, como tantos pensadores creen, ni la necesaria mímesis de la metapolítica, como temen los conspiranoicos, sino, más generalmente, un sustituto de la República, de la Política y de la acción humana, o, lo que es lo mismo, un soslayar el camino natural de la libertad. La acción que no es trascendida de verdad conduce al fracaso, la frustración y la quietud; es decir, en términos políticos, a la servidumbre. Una vez asentado en la mentalidad el paradigma nocivo, la inacción pública implícita en él se convierte en algo que inconscientemente se desea conservar a través de la acción brillantemente privada y, en muchos casos, egotista. Por ese motivo la mentira no es sólo cuestión de quienes mandan, sino de aquellos que obedecen. Establecida como rutina mental de obediencia, la mentira no encubre al poder sino a quienes son gobernados. Arbuthnot y Swift, jocosa y profundamente, caracterizaban la democracia (británica) como aquel sistema en el cual también el pueblo puede mentir. De la misma manera que la verdad la trasciende (a la acción pública), la mentira la cisciende, es decir, la deja en el lado de acá de la realización. A día de hoy el bienestante ciudadano occidental, que tanto viaja empujado por la moda, lleva generaciones a la espera de salir de viaje hacia la verdad.

 

Según Condorcet, “la ebriedad es menos grave que la superstición”. En cualquier caso, el paradigma falsario aplicado a la política es superstición. Sirva como ejmplo el humanismo extrañamente llamado “antiglobalizador”, entendido como acción restringida a la satisfacción de los apetitos egoístas (la llamada “libertad individual”) adornados de caridad planetaria (igualitarismo), que es una forma de superstición purificadora. Superstición porque despliega la intención de actuar sobre un reino que no es de este mundo; purificación porque alivia el dolor de no poder actuar libremente dentro de la propia sociedad. El egoísmo autóctono y la solidaridad alóctona delimitan la patria de los siervos.

 

Durante estos días hemos visto cómo el señor Rajoy se sumaba al creciente abucheo dirigido hacia las últimas medidas económicas planteadas por nuestro sonado gobierno. La justificación que ha dado el jefe de la oposición, a saber, que el recorte de las pensiones es inadmisible, ha sido suficiente para que los forjadores de opinión confíen en su buena fe. Ahora bien, los grupos dirigentes, como cualesquier élites sociales homogéneas y   conscientes  de  sí  mismas,   siempre  son

Óscar
  
 
Megaenanos

A nadie se le oculta que el verdadero poder en el Estado de partidos reside en los partidos nacionalistas. Tal cosa se adivina bien en el papel aparentemente secundario que tienen durante épocas de relativa tranquilidad, y el papel decisivo que cobran en momentos de crisis como el actual. Ya pueda Rajoy desgañitarse pidiendo un adelanto de las elecciones, que tal cosa no supondrá un verdadero ataque al gobierno hasta que los partidos nacionalistas, en pacto con el gobierno o no, se unan al coro. Entonces tiemblan los mismos fundamentos de la gobernabilidad. Lo mismo sucede con el Tribunal Constitucional. No importa cuánto trafiquen los principales partidos con la asignación de puestos a ideologías pretendidamente diferentes entre sí. Lo que decide verdaderamente cambios en la formación de este Tribunal inane y vergonzoso es que cualquier jefecillo nacionalista ponga el grito en el cielo porque sus peticiones no están siendo no ya escuchadas sino simplemente obedecidas.

 

Naturalmente no cabe más remedio que recurrir a la Constitución del 78 para descubrir el papel que se otorga a los partidos nacionalistas. Este texto-réplica de pasadas insensateces como la que produjo el Tercer Reich puso un peso descabellado en unos intereses-crápulas pensando que, de este modo, se compensarían las injusticias del nacionalismo español durante la dictadura de Franco. Asumiendo la buena intención de sus redactores, debería notarse que ya es hora de revisar tales supuestos, así como las fórmulas para llevarlos a cabo. El poder factual de los partidos nacional-regionalistas no es representativo de la sociedad civil. Además, cabe cuestionar que tales partidos sean esencialmente capaces de lealtad. La lealtad presupone una visión de conjunto que falta en los exclusivos intereses nacionalistas. El nacionalismo tiende a escapar de la política en tanto que sus programas no se basan en la razón sino en un vago sentimentalismo, cuna de ominosa arbitrariedad. Y, cuando no está controlada, del totalitarismo.

 

Nada más irónico que la abusiva desproporción del peso que tienen los partidos nacionalistas en ese sistema electivo nuestro llamado proporcional. Otra prueba más de que el régimen de poder actual no es capaz ni siquiera de cumplir con sus propias premisas. Y tanto o más que su inconsecuencia inherente, percibida desde fuera, será su propia inconsecuencia interna la que acabará por derrumbarlo.

Miguel Rodríguez
  
 
Imposiciones

En sus expediciones de conquista de bienes ajenos, los príncipes exigían a los vencidos en el campo de batalla tributos a cambio de ciertos servicios, pero también aquéllos recibían de forma voluntaria contribuciones de sus vasallos y siervos a cambio de alguna protección o de la dispensa de privilegios. En los Parlamentos, originalmente, se hablaba de lo que podrían recabar los reyes para sus empresas.

 

El aparato estatal proporcionó a los modernos señores la posibilidad de recaudar fabulosas cantidades de dinero, merced a los impuestos que recaen sobre los gobernados, al margen de sus mayores o menores deseos de contribuir al sostenimiento de las finanzas públicas. El misticismo, o para ser precisos, la mistificación de una soberanía popular bendecida por la revolución francesa, lejos de insinuar la abolición de las cargas fiscales, postuló la necesidad de que fuesen discutidas y finalmente aprobadas por los representantes de los ciudadanos, a los que ya no les cabía protestar, sino consentir, puesto que la decisión de gravar sus propiedades y rentas estaba tomada en su nombre.

 

Los funcionarios de los partidos estatales que ocupan los escaños del Congreso, ajenos por completo a las demandas ciudadanas, obedecerán a sus respectivos jefes a la hora de crear o aumentar los impuestos, si ello resulta necesario o beneficioso para sus intereses, que radican fundamentalmente en financiar la clase de poder del que viven o en el que medran. Además, en los años dorados de la riqueza artificial, de los especuladores fraudulentos, del crédito ilimitado, sólo cabía prestar atención a los gastos, no a los ingresos: el déficit podía engordar sin peligro de explotar.

 

La etimología de contemplación es “observación del cielo”. Con-templar implica formar un “templo” en el cielo, y observar, con recogimiento, dicha figura. “Templo”, entonces, ha de entenderse como un recorte, una delimitación. El contemplador tenía un nombre en la magistratura sacerdotal romana: el Augur, que de tanto mirar al cielo acababa por encontrar los signos portadores de augurios favorables. Zapatero, en el templo de la soberanía popular, y a despecho de sus vaticinios rebosantes de optimismo, no siendo precisamente un filósofo, ha tenido que contemplar la verdad para que no se le caiga encima el cielo de la economía real, procediendo a recortar gastos para implorar ayuda internacional. Y para acentuar el esperpento político, vemos a Duran i Lleida jactarse de su papel fundamental en el curso favorable del destino nacional. Mientras tanto, Rajoy -que no quiso complacer, por ahora, a Botín, que le pidió que no se opusiera a los ajustes gubernamentales-, prepara su entrada triunfal en la Moncloa, donde merced a su seriedad administrativa y gracias a la competencia de los esclarecidos tecnócratas que lo acompañarán, confía en ir solventado las dificultades económicas y reflotar el Estado de partidos.

Rafael Serrano
  
 
La verdad y lo probable

Durante el trayecto, Einstein le advertía de que no expresase sus opiniones ante el juez, por temor a que no le diesen la ansiada ciudadanía. A pesar de las advertencias del físico, cuando el juez preguntó a su genio acompañante si pensaba que la Constitución de los Estados Unidos de América contenía alguna contradicción, Kurt Gödel no pudo contenerse. “Así es”, debió de afirmar. “He descubierto que EE.UU. podría degenerar en una dictadura, porque el Presidente tiene el poder de nombrar miembros del Senado cuando éstos están suspendidos”. Se cuenta que el Philip Forman, un juez liberal que había también visto y aprobado el caso de la ciudadanía de Einstein años antes, pasó por alto la respuesta y formuló preguntas de distinta naturaleza para finalizar la vista cuanto antes.

 

Antonio García-Trevijano, en su todavía inédita obra sobre la República Constitucional, ha llamado asimismo la atención sobre el hecho de que el Presidente de los EUA tiene el poder de interferir en materias legislativas más de lo que corresponde a sus funciones ejecutivas. Dadas ciertas premisas, la lógica de Gödel se imponía por sí misma, pero no era el momento ni el lugar para entrar en una discusión al respecto. Gödel obtuvo la ciudadanía estadounidense y el juez Forman dio muestras de gran sabiduría al pasar por alto la observación del matemático, sin que ello signifique que ésta carezca de verdad.

 

Las últimas décadas de la vida de Gödel, como al parecer sucede con tantos otros matemáticos que formulan sus originales innovaciones durante su período de juventud, estuvo dedicada ante todo a la revisión de su trabajo pionero y, como atestiguan sus cuadernos de notas, también al argumento ontológico de San Anselmo (como Dios puede pensarse, Dios existe). Esto último no es sorprendente, puesto que lo decisivo de su propuesta radicaba en la tensión entre la verdad y lo probable (lo probable no entendido como lo que tal vez ocurra, lo plausible, sino como lo que se puede probar). Gödel mostró –no sé si aquí se puede hablar de demostrar– que la aritmética descansa sobre fundamentos no probables, aunque todavía verdaderos. Descubrimiento notable, que no afecta a los procesos matemáticos en cuanto tales, pero que los deja, por así decir, suspensos, sin poder recurrir a una causa prima (en su caso, de naturaleza matemática o aritmética). Aquí Gödel entroncó con una larga tradición de pensadores, que va desde Tomás de Aquino hasta Hume, que rechazó el argumento ontológico, sin por ello necesariamente rechazar la existencia de Dios. Como leía hoy mismo en La Vida de la Razón (vol. 5, cap. 1) de Santayana: “Los dioses son demostrables sólo como hipótesis, pero en tanto que hipótesis ya no son dioses”.

Miguel Rodríguez
  
 
La mentira política: ucronía, abstracción y nacionalismo

La inmersión del estatuto catalán en ese Leteo del Poder que es el Tribunal Constitucional, habla por sí misma de la apnea política en la que vive la sociedad española. En la duración del caso observamos la ucronía que requiere el Estado de partidos; en su colapso jurídico, el engañoso simbolismo de la institución que lo ve; en la discusión partidista, el lugar que el nacionalismo guarda en nuestro país.

 

El ensayo de la utopía produce monstruos, pero la mentira política sólo es realizable con forma de ucronía. No se trata de la ucronía de Renouvier, que reconstruye el pasado para fantasear sobre el presente, sino de aquella que altera el pasado para someter al futuro. Y en este lugar sin tiempo, el pensamiento apolítico -quizá habría que llamarlo para-político- de los sacerdotes, artesanos, académicos e intelectuales orgánicos, dedica todo su esfuerzo a confirmar, en virtud del placer que producen la comparación con el pasado común y el éxito personal inmediato, la validez mecánica de lo realizado, de lo existente. Como resultado de este acatamiento de lo impuesto la moral sólo puede ser policial, no sirve de proyección mental, de guía. Bien mirado ni siquiera hay verdadera imaginación en la mentira sino simple ocasión, un disimulo muy semejante al que los animales muestran ante el peligro.

 

Quizá basándose en el Hipias menor, Nietzsche mantiene que son precisamente aquellos que mienten inconscientemente -malos mentirosos según Sócrates- quienes promueven que la verdad exista como si fuera real. Lo cual nos lleva a pensar que siempre hay una aceptación convencional -pero profundamente arraigada en los instintos- de cierto statu quo social, que es el nacimiento de la política. La política, en su fundamento, no mantiene grandes diferencias con el lenguaje: origina instituciones que abstraen en forma de símbolos de conceptos, además de muchos hechos históricos, gran cantidad de ideales que después la tradición y la fe ciega hacen eternos. Si hay un compromiso tácito a la hora de aceptar el sentido común que dice que existe un mundo real y que, de cierta manera, se puede conocer, cuál no será ese compromiso a la hora de establecer acciones comunes en las que participa la voluntad. Curiosamente parece que no son los sentimientos egoístas lo que dificulta la acción política, sino la propia voluntad de hacer en común (entendiendo “voluntad” a lo Schopenhauer). Esto es, hay una tendencia a aunar voluntad política y condiciones en las que esta  pueda sentirse satisfecha,  sea  cual

Óscar
  
 
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