Año II, n° 204, viernes 12 de marzo de 2010
ZP en el diván

En un “viaje por la geografía humana” de España, “El País” ha recabado los testimonios de cien ciudadanos. Desde un aristócrata a un mendigo, desde una cobradora de morosos a una ladrona, desde una vendedora de cupones a un rentista, o desde un famoso llamado Lequio a un prostituto; todos ellos han explicado cómo están afrontando la crisis. Pero el privilegio de acudir a la Moncloa a una especie de terapia de grupo ha sido concedido sólo a cuatro de los españoles radiografiados por el dominical prisaico. Un ama de casa, una estudiante, un bombero y una parada han podido sentarse en los mismos divanes donde Zapatero recibe a presidentes de Gobierno y banqueros.

 

En una amena conversación entre los gobernados y el gobernante, éste les ha explicado el origen de nuestros males: el suelo se convertía casi en petróleo cuando multiplicaba su valor hasta por veinte y muchas empresas dejaron la actividad industrial para recalificar suelo al arrimo de los ayuntamientos; “subió la marea excesivamente” y ahora veremos “los desperfectos y los residuos” que deja al bajar. Zapatero afirma que mientras crecíamos al 4% el crédito aumentaba un 30%, cuando lo aconsejable es que lo haga dos o tres veces más que el PIB. Así pues, el gasto de las familias y las empresas, y su endeudamiento, han sido exageradísimos.

 

En todo caso, la magnitud de esta crisis del sistema financiero era inimaginable, y por tanto, imprevisible. No obstante, el presidente asegura que hemos tenido mucha suerte con nuestros bancos (a los que el Banco de España ha sometido a unas reglas ejemplares para el resto del mundo) ya que el Gobierno ha avalado y prestado dinero a las entidades financieras pero no ha tenido que poner capital en ellas como otros Gobiernos europeos.

 

Respecto al rechazo de la clase política europea que la masiva abstención ha reflejado, el jefe del Ejecutivo y del PSOE tacha de discurso facilón referirse a la distancia que media entre representantes y representados. “Es muy español criticar a los políticos”, “pero es sano, hay que desconfiar del poder”, confiesa Zapatero, y añade que su cargo de presidente no es algo extraordinario: podrían desempeñarlo cientos de miles de españoles.

 

hechos significativos

 

El presidente del PNV cree que se está montando “un escenario de pacificación” con ETA.

 

Zapatero se queja de que el Vaticano, cada vez que puede, le ataca.

Basilio Aguilar
  
 

JP Morgan, 1903 (foto: Steichen)

Filósofos y literatos lo tratan, según su etimología griega (marca o sello), como rasgo distintivo de la personalidad que se adquiere con la edad, se delata con la conducta previsible y se retrata con el rostro de la madurez. Sello que hace parecer bueno o malo el carácter, pero no la personalidad a la que está pegado. El carácter sería así el criterio de valoración social de la personalidad. Pero eso no es lo que quiere decir “persona de carácter”. La ironía puede considerar que una persona sin carácter es menos que una cosa, aunque “bien necio sería no tener ninguno” (La Bruyère). En tanto que voluntad dirigida y desarrollada por una intención práctica, Emerson trató el carácter como el orden moral visto a través de la naturaleza individual. Idea bella pero irreal. Mientras que el talento se cultiva en soledad, el carácter se forja en los violentos embates del mundo, con la fuerza sorda de una permanente y orientada voluntad de vencer todo lo que se opone al logro de un propósito prolongado. El carácter no es cualidad exclusiva de la acción inspirada en finalidades éticas, ni puede separarse del temperamento. Es frecuente tropezar con personas de mucho carácter que, careciendo de principios, lo han desarrollado con las impulsiones de su temperamento instintivo. Pero no hay carácter grande que no haya sido construido sobre los desengaños y desgracias de la vida. Tampoco el carácter es producto preferente de la inteligencia. Aunque se ha dicho, erróneamente, que sin la empuñadura del carácter la espada de la inteligencia carece de punta penetrante, la historia de las ideas está llena de pensadores sin carácter personal, y la historia de las gestas, repleta de hombres valerosos, de voluntad indomable, que la ocasión y no la inteligencia hizo famosos. En realidad, nadie nace sin un carácter determinado por la genética, ni muere sin un carácter labrado por su vida. La persona de carácter no se reconoce en la fórmula anarquista, copiada por Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”. Tener poco carácter no es tanto tener poca voluntad como demasiada variabilidad de objetivos y mayor inclinación a adaptarse a las circunstancias que a modificarlas. El hombre de carácter es heterodoxo en alguna parcela de lo actual. Lo que al carácter común parece imposible, el hombre de carácter lo realiza. Para el carácter creador, la realidad realizada no es interesante ni merece la pena de ser vivida.

Pascual del Povil
  
 
Retirada de Irak

Pocas veces se aglutinó una opinión más extendida por todo el mundo como la de protestar en público por la invasión militar de Irak. Una pura mentira, la de las armas de destrucción masiva, cuya existencia comprobó Aznar por sí mismo, fue el “casus belli”, como pudo serlo cualquier otro pretexto que alegara el degradado equipo de pensadores de la inmoralidad que rodeó a Bush. Pocas veces una guerra ha sido tan inútil en sus objetivos y tan útil para los gobiernos que se beneficiaron de ella. Los promotores de tanta muerte y destrucción, campeones de cinismo y de barbarie, el trío de las Azores y Blair, no han pagado pena alguna por su crimen. Al menos Bush fue humillado por la opinión de su país al final de su mandato. Pero en Europa la inmoralidad política no ha cesado de crecer desde el final de la guerra mundial. Durao Barroso es subido a la Presidencia del ejecutivo de la UE. Aznar se pasea por foros y cátedras dando lecciones de sabiduría política y recibiendo aplausos, dinero y reconocimiento por su estatura de estadista ejemplar. El británico Blair es enviado de embajador occidental a la zona del conflicto palestino y propuesto como candidato a la Presidencia de la Europa que saldrá del ya fracasado Tratado de Lisboa.

 

El Presidente Obama ha cumplido su promesa electoral con prudencia y dignidad, como hasta ahora está haciendo con todas sus promesas, salvo en el cerrojazo de Guantánamo, donde encuentra más dificultades legales de las que esperaba de sus aliados. En todo Irak se celebró la retirada de las tropas norteamericanas como un triunfo de la resistencia. Una jornada de fiesta nacional que aún no sabe con certeza el precio pagado por el festejo, con centenares de miles de muertos, heridos, desaparecidos y desplazados, una sociedad religiosa más enfrentada entre sí que al inicio de la invasión y un futuro aún más incierto que el de entonces. Ayer se hizo el traspaso de poderes militares. El general Abboud Qambar pronunció la frase de rigor. “La restitución del Ministerio de Defensa es símbolo de la recuperación de nuestra soberanía”. Pero en la aparente alegría de la facción gobernante una inquietud general sombreaba el panorama de la incipiente reflexión sobre el porvenir. ¿Por qué y para qué los actos de terrorismo previo a la retirada de Estados Unidos, que han causado 250 víctimas más? Los más radicales no desean la retirada o evidencian sus peligros, para no retirar el alimento de la causa nacionalista iraquí proporcionado por la ocupación. Las facciones religiosas principales mostrarán sus cartas en el juego de reparto del poder, cuando se vaya el contingente extranjero que aún permanecerá en Irak.

 

florilegio
"Toda retirada militar tiene la dignidad de evitar el deshonor de la derrota."
Antonio García-Trevijano
  
 
Corresponsabilidad fiscal

Actualmente el Congreso de los Diputados está tramitando la modificación de la ley orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas (LOFCA) y el proyecto de ley de Financiación de las Comunidades Autónomas de régimen común y Ciudades con estatuto de autonomía, como colofón al acuerdo de financiación aprobado por el Consejo de Política Fiscal y Financiera en julio. Todo para dar satisfacción a los oligarcas locales ansiosos de -con la escusa de acercar la Administración a los ciudadanos pero callando que el exceso de burocracia ha encarecido la prestación de los servicios públicos- participar en el pastel fiscal del Estado.

 

Algunos de los principios más propalados de este modelo han sido el aumento de la autonomía financiera y la consiguiente corresponsabilidad fiscal de las Comunidades Autónomas. Desde el comienzo de esta locura descentralizadora, el Estado fue cediendo el 100% de la gestión recaudatoria de varios impuestos (Patrimonio; Sucesiones y Donaciones; Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados; y tasas sobre servicios transferidos), creó otros nuevos tributos (determinados medios de transporte, electricidad, venta minorista de algunos hidrocarburos y tasas sobre el juego) hasta llegar a la actual cesión 50% del IRPF y del IVA y el 58% de los Impuestos Especiales. A pesar de tener facultad para modificar los tipos impositivos, la realidad es que su recaudación sirve para calcular el Fondo de Garantía de Servicios Mínimos Fundamentales (educación, sanidad y servicios sociales), pues si una región no tiene suficiente con estas cesiones, el Estado pone el resto, soportando el desprestigio de exigir tributos a los ciudadanos, mientras que aquellas rentabilizan su utilización.

 

Este modelo no es más que un producto de ingeniería estadística destinado a respaldar el acuerdo con la multitud de variables y ponderaciones participantes en dicho Fondo (población total, mayor de 65 años, en edad escolar, protegida, dispersa o insular). Al galimatías añaden un Fondo de Suficiencia Global para financiar las demás competencias transferidas, dos Fondos de Convergencia autonómica (uno de Competitividad para reducir las diferencias de financiación “per cápita” y de paso penalizar a aquellas regiones que bajen sus impuestos, y otro de Cooperación para compensar a aquellas regiones con menor riqueza relativa o una dinámica poblacional negativa) y un conjunto de recursos adicionales (los famosos 11.000 millones de euros) repartidos de forma discrecional. En definitiva, este modelo no garantiza recursos financieros para tantos gastos, ni crea figuras tributarias regionales que los ciudadanos distingan nítidamente, ni define de forma clara el servicio público fundamental, ni sus costes directos e indirectos.

Lorenzo Alonso
  
 
Racional, razonable, racionalismo

Hasta ahora la llamada Transición Española había sido presentada por sus apologetas como el proceso ejemplar de paso de una dictadura a una democracia gracias a la milagrosa conjunción de una voluntad suicida de los prohombres del franquismo, un ejercicio de “realismo” por parte de los líderes de la oposición y una conducta intachable del pueblo español, que supo enterrar viejas rencillas y odios seculares en un esfuerzo colectivo por hacer de España un “proyecto sugestivo de vida en común”, como diría Ortega y Gasset. Un oído malicioso podría atribuir, en este contexto, a la palabra “realismo”, un significado político de defensa de la monarquía, y aunque no se desviase un milímetro de lo entonces acontecido, indudablemente con “realismo” se pretende decir otra cosa, mucho más confusa y de significado equívoco: una hábil mezcla de posibilismo y oportunismo. Posibilismo entendido como la tendencia a aprovechar lo existente para ponerlo al servicio de los fines propios, renunciando a optar por medios que, por impotencia propia o por impedimentos ajenos, resultan inviables. Tal posibilismo es primo hermano del oportunismo, entendido éste como predisposición favorable al aparcamiento de principios fundamentales para el logro de otros fines de pretendido orden superior. El oportunismo desmiente, por tanto, el carácter fundamental de los principios postergados. El “realismo” aquí aludido convierte en realidad objetiva, del todo ajena a la influencia de los agentes implicados, relaciones de poder que no se cuestionan en aras del oportunismo.

 

Tal chapuza conceptual, como toda propaganda, es de fundamentación inevitablemente torpe. Pero Gregorio Peces-Barba ha tenido a bien completarla con un nuevo elemento que faltaba en el cuadro armónico de aquellos acontecimientos: la Transición, dice en EL PAÍS el 12 de noviembre, hizo que la política en España recuperase una impronta mucho más “racional y razonable” después del “impresentable irracionalismo político del franquismo”. Si entendemos “racional” en el sentido weberiano del término, es decir, aquella cualidad por la que se produce una adecuada relación entre los medios practicados y los fines perseguidos, la dictadura de Franco puede sin duda presumir de tal característica. Pero, en lo que respecta a la Transición Española, el problema necesita de una previa delimitación conceptual en la cual la propaganda no puede detenerse, so pena de desmontar todo el armazón que la sustenta: se trata de definir, si es posible, los fines perseguidos por quienes tomaron parte en aquel proceso, y, más aun, explicar lo que, en términos comprensibles, no puede ser explicado: cómo pudo producirse la comunión de fines entre quienes, hasta hace bien poco,

 
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