Desde hace mucho tiempo una buena parte de la “clase política” de este país (políticos, dirigentes de grandes medios de comunicación y una buena cohorte de “intelectuales orgánicos”) nos han vendido que uno de los problemas históricos de España ha sido la incomprensión del centro con la periferia que a lo largo del tiempo ha devenido en una fuerte exaltación de las particularidades de su tierra cercana y en un rechazo de cualquier vínculo social con sus regiones vecinas. Para solucionarlo han puesto a la venta multitud de mercaderías políticas, hoy vamos a comentar cuatro de ellas: la descentralización política es signo de progreso, la participación en los tributos estatales fomenta la corresponsabilidad fiscal, la gestión descentralizada de los servicios públicos conlleva la eficacia de los mismos y la transferencia de competencias junto con la capacidad normativa para desarrollarlas remedia el nacimiento de “naciones por consentimiento” (Murray N. Rothbard).
En sus machaconas propagandas no han tenido escrúpulos ni vergüenza en ofrecernos una vez más ungüento de serpiente: la descentralización política es un signo de progreso, ya que busca reconocer el derecho a la diferencia a todo grupo humano cargado de particularidades (lengua, costumbres, historia) y con un fuerte sentimiento de pertenencia a esa comunidad cultural (¿nación cultural?). Toda persona forma parte por origen de una comunidad cultural, está vinculada jurídicamente a un Estado y no a otro y, además, puede sentirse identificada en muy diferente grado con su Estado o con su comunidad cultural….y el nacionalismo es aquello que crea esa identidad (Miquel Caminal Badia). Por eso no cesan en la búsqueda de argumentos con los que justificar ese nexo de unión entre una “nación cultural” y un Estado a través de: la lengua, las costumbres, sucesos históricos sacados de contexto o tergiversados; leyendas y mitos locales al estilo de “En busca del valle encantado (The land before time)”; relatos de persecución y sometimiento por parte del “Estado Central"; “nación sin Estado”; expoliación sistemática realizada por la hacienda pública estatal (airean las “balanzas fiscales”, como si cada territorio fuese un solo contribuyente, pero ocultan las “balanzas comerciales” en las que se ve su interdependencia con la comunidad que aborrecen). Y muchas más quimeras y fantasías identitarias.
La burguesía periférica siempre ha querido tener las mismas oportunidades de influencia que la burguesía instalada en la capital del Estado, centro desde el que se dirige la política nacional (afirmación convertida hoy en otro mito). Esos grupos sociales han luchado
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