Año II, n° 288, lunes 30 de agosto de 2010

Korea war (foto: US Army Korea, IMCOM)

La lógica antiterrorista de la guerra de Irak ha sido suficientemente desacreditada, y salvo recalcitrantes belicistas como Aznar, los impulsores de aquélla se rinden a la evidencia de la impostura de su justificación. Sin embargo, en Afganistán –en cuya “misión de paz” siguen muriendo militares españoles- persiste el convencimiento de la necesidad que se tuvo de abrir las hostilidades para eliminar a los talibanes, y ahora, de mantenerlos a raya con el fin de que no vuelvan a proyectar su sombra protectora sobre Al Qaeda y su espectral líder.

 

La expresión “lógica de guerra” ha hecho fortuna en la clase dirigente porque, usada como idea autónoma, hace creer que el fenómeno bélico se desarrolla por sí mismo, incluso contra la voluntad de sus patrocinadores,    arrastrados   por   la   lógica

de los acontecimientos. La idea del fatalismo histórico de las guerras dominó el pensamiento de los tratadistas hasta que el movimiento pacifista trató de evitarlas haciendo recaer sobre los gobernantes la responsabilidad de las mismas. Para ello creyó necesario sustituir las teorías sociológicas o las distintas lógicas explicativas de la guerra como fenómeno colectivo de los pueblos, por las teorías psicológicas basadas en la ambición o la gloria de los dirigentes que la declaran.

 

Pero una teoría científica no es mejor que otra por el hecho de que parezca más útil para hacer responsables del curso de los acontecimientos colectivos a los hombres de poder. Sobre todo cuando no todas las explicaciones sociológicas suponen la inevitabilidad de las guerras, y       ... continúa ...

Rafael Serrano
  
 
Descentralización política

Desde hace mucho tiempo una buena parte de la “clase política” de este país (políticos, dirigentes de grandes medios de comunicación y una buena cohorte de “intelectuales orgánicos”) nos han vendido que uno de los problemas históricos de España ha sido la incomprensión del centro con la periferia que a lo largo del tiempo ha devenido en una fuerte exaltación de las particularidades de su tierra cercana y en un rechazo de cualquier vínculo social con sus regiones vecinas. Para solucionarlo han puesto a la venta multitud de mercaderías políticas, hoy vamos a comentar cuatro de ellas: la descentralización política es signo de progreso, la participación en los tributos estatales fomenta la corresponsabilidad fiscal, la gestión descentralizada de los servicios públicos conlleva la eficacia de los mismos y la transferencia de competencias junto con la capacidad normativa para desarrollarlas remedia el nacimiento de “naciones por consentimiento” (Murray N. Rothbard).

 

En sus machaconas propagandas no han tenido escrúpulos ni vergüenza en ofrecernos una vez más ungüento de serpiente: la descentralización política es un signo de progreso, ya que busca reconocer el derecho a la diferencia a todo grupo humano cargado de particularidades (lengua, costumbres, historia) y con un fuerte sentimiento de pertenencia a esa comunidad cultural (¿nación cultural?). Toda persona forma parte por origen de una comunidad cultural, está vinculada jurídicamente a un Estado y no a otro y, además, puede sentirse identificada en muy diferente grado con su Estado o con su comunidad cultural….y el nacionalismo es aquello que crea esa identidad (Miquel Caminal Badia). Por eso no cesan en la búsqueda de argumentos con los que justificar ese nexo de unión entre una “nación cultural” y un Estado a través de: la lengua, las costumbres, sucesos históricos sacados de contexto o tergiversados; leyendas y mitos locales al estilo de “En busca del valle encantado (The land before time)”; relatos de persecución y sometimiento por parte del “Estado Central"; “nación sin Estado”; expoliación sistemática realizada por la hacienda pública estatal (airean las “balanzas fiscales”, como si cada territorio fuese un solo contribuyente, pero ocultan las “balanzas comerciales” en las que se ve su interdependencia con la comunidad que aborrecen). Y muchas más quimeras y fantasías identitarias.

 

La burguesía periférica siempre ha querido tener las mismas oportunidades de influencia que la burguesía instalada en la capital del Estado, centro desde el que se dirige la política nacional (afirmación convertida hoy en otro mito).  Esos grupos sociales han luchado

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Lorenzo Alonso